Apuntes Biográficos (Incluye Segunda Parte)

Indice de artículos

 

APUNTES BIOGRÁFICOS

(1958 – 2010)

 

 

 

“SIEMPRE EN LA ORILLA”

JESÚS LÓPEZ MUÑOZ

 

 


 

DEDICATORIA

 

A quienes me conocen y me quieren así como soy, y a quienes después de conocerme me siguen queriendo sin importarles lo que soy.

 


 

 

PRIMERA PARTE

Sesión Plenaria del Ayuntamiento de Burujón el  15 de Julio de 1985 día de mi Primera Misa donde se me hace entrega de un plato de cerámica conmemorativo y con asistencia del Sr. Presidente de la Diputación Provincial de Toledo (a la derecha).

Me pongo a escribir esto cuando aún quedan unos días para la celebración de mis Bodas de Plata Sacerdotales. Lo hago porque algún compañero me pidió unas fotos para hacer, creo yo, algún recuerdo del acontecimiento. Al remover cajones y álbumes fueron apareciendo fotos y momentos muy evocadores. Tantos que ni yo mismo recuerdo ya a las personas que aparecen, aunque sí momentos a grandes rasgos de mi infancia y juventud.

Soy consciente de que este trabajo no le servirá a nadie salvo a mis hermanos, algún que otro sobrino y si me quedara algún amigo que aún no conoce a Sejo en todos o casi todos los aspectos de la vida.

Aún así emprendo la tarea a ratos perdidos porque sé que el más beneficiado seré yo al recordar, aunque sea con dolor, los momentos más importantes de mi vida.

Lo intentaré hacer mirando cada una de las fotos e intentar escribir lo que me evocan retrotrayéndome en el tiempo y en el espacio.

 


 

 

Han pasado muchos años como para traer todo a la memoria. Lo hago en la medida en que recuerdo, y si recordar es vivir otra vez, amo la vida tanto como para empezar de nuevo sin arrepentirme de nada.

 

 

Gerardo Muñoz García                 Segunda García Gómez

Mis abuelos. Los padres de mi madre.
 
Mi tío Fernando a la izquierda, mi abuela Mariana en el centro y mi padre a la derecha. (Mi abuela, la madre de mi padre) De mi abuelo Miguel no recuerdo ninguna fotografía, aunque mi madre dice que la hay.
 

“De raza le viene al galgo”. A mi padre, hasta los últimos días de su vida le han gustado los toros. Confieso que me gustan, aunque nunca me he vestido de torero. Creo que algún sobrino también ha recibido esta herencia.

Esta es la fotografía de más niño que tengo y que recuerdo. En ella estamos mi hermano Esteban y yo en el “Camino Torrijos”. Nuestro perro “cohete” siempre estaba con nosotros. No había muchas cámaras entonces ni buenos fotógrafos. Confieso que de esta época recuerdo muy poco. Me vienen algunas cosas a la cabeza pero no sé si son ficción o realidad. Mientras recuerdo seguiré con lo que no tiene duda.

Mi madre se llama Paulina Muñoz García, es hija de Gerardo y Segunda, natural de Navas de Estena en la provincia de Ciudad Real. Mis abuelos tuvieron cinco hijos, aunque tengo entendido a mi madre que fueron más y que alguno murió de muy temprana edad.

Hablar de una madre siempre es complicado porque seguramente nos cegaría la pasión de hijos, pero mi madre, como muchas mujeres de su época sólo ha sabido trabajar duro para sacar sus seis hijos adelante. Como dice aún ella “trabajar con la tripa en el suelo para que nos dieran un cacho de pan”. De esto tal vez hable más adelante.

Esteban López Asfalto, mi padre. Ya no está entre nosotros.

 

Mi padre es hijo de Miguel y María Ana, y sólo fueron dos hermanos, él y Fernando.

 

Tractorista de profesión como único título académico. Yo le recuerdo con una bicicleta, pero más con una moto que aún existe, una rieju. Sin ciencia y sin letras. Un humilde trabajador.

 

Siempre, la historia personal, está unida a la de una familia. Tal vez nos hubiera gustado que fuese de otra manera, pero eso nosotros no lo elegimos. Los amigos en la vida, de una manera u otra los vamos eligiendo. La familia nos es dada. En último término es Dios el que comienza de esta forma en nosotros la “obra buena” y es Él el que a lo largo de nuestra historia personal la lleva a término.

 

Familia, personas, recuerdos, experiencias, trabajos, ilusiones, fracasos, buenas y malas experiencias forman parte de ese libro de la vida en el que Dios y nosotros escribimos cada instante del latir de nuestro corazón.

 

 

Ahora sí conviene recordar, aunque seguramente algunos de mis hermanos puedan tener más datos que yo al respecto. Escribo lo que recuerdo que cuenta mi madre y contaba mi padre. Alomejor no soy preciso pero más o menos era así…

 

Mi padre trabajaba en una finca de uno de los terratenientes (ahora lo llamamos con este nombre, pero antes no era así) de Navas de Estena, hoy conocido como Parque Natural de Cabañeros. La finca del “Tío Calvillo”. Mi madre vivía en Navas de Estena. Se conocieron en algunas fiestas. Mi madre estaba siempre alegre y dicen que era, junto con su hermano Emerenciano, la más “bailaora” de todo el pueblo. Una muchacha espigada, más bien delgada, que a sus 18 años más o menos conquistó al joven tractorista.

 

Recuerdo que mi madre cuenta que para ir al baile se quitaban las zapatillas para que no se ensuciaran en el camino. En realidad era porque no tenía otras.

 

Contaba mi padre que desde Burujón algunas veces iba a verla hasta Navas de Estena. Cuando la carretera era mala de piedra y había que subir el Risco de las Paradas. El decía que eso era un martirio tener que cargar con la bicicleta y mi madre encima.

 

Se casaron, no recuerdo la fecha, en la iglesia de Navas de Estena. El mismo día de la boda mí padre y algunos amigos de Burujón fueron en uno de esos coches que tardaban un montón en llegar y había que parar cien veces por el camino. Se lo pasaron muy bien según contaban después en sus tertulias donde recordaban por las noches al fresco de la calle hasta el nombre del “taxista” y de los amigos de la infancia. La luna de miel fue en una casa de la sierra donde no había de nada. Sólo pena, silencio y soledad.

 

 
 

Al poco tiempo, mi madre ya embarazada de mi hermano Miguel deciden venirse a Burujón donde parecía que el niño podría tener más posibilidades. No tenían casa ni nada. Sólo sus manos para trabajar.

 

Mi madre trabajaba con la tripa en el suelo y al final del día la daban un par de huevos y un tazón de aceitunas. Mi padre, más o menos lo mismo. Pero por lo menos era algo. Allí en Navas después de hacer picón todo el día no tenían nada.

 

Así llegó al mundo mi hermano Miguel.

 


Y es aquí donde comienza mi historia…

Tengo entendido que mis padres regresaron a Navas de Estena. Lo que no estoy seguro es de para qué. No sé si a trabajar nuevamente o a ver a una tía mía… Creo que es por lo primero, o por lo menos así lo deduzco de lo que me contaron.

Vivían en una casa solitaria y perdida en medio del monte. No había luz ni agua ni casi nada de comer. Mi madre se pasaba los días enteros sola en la casa haciendo las cosas que tenían que hacer las mujeres de antes. Por la noche llegaba mi padre del campo. La única compañía para mi madre era la de mi pequeño hermano mayor. Cuenta que pasaba mucho miedo pues en la sierra en esa época andaban los “los maquis”. Los conocidos como “hombres de la sierra”. Mi madre de jovencita ya había visto algunos de estos casos, incluso aún nos cuenta y canta la canción del “manco de Agudo” y de un amigo cabrero que apareció muerto en el chozo quemado. Mi abuelo, su padre, y su hermano, mi tío Emerenciano habían estado presos en la cárcel de Ciudad Real donde iban a verlos andando mi abuela y mi madre. Parece increíble pero así lo hacían cada semana para llevarles ropa y comida. Y creo que todo fue por no querer cortar un nogal…

Hacía mucho frío. Nevaba a eso del medio día…

Mi madre presintió que yo quería nacer. Había que bajar al pueblo porque en la casa del monte no había nadie que atendiera en el parto ni condiciones para el nacimiento.

En una borrica se pusieron en camino y al llegar a la casilla de camineros, mi madre no podía más. Casi nazco allí mismo. Pero llegaron al pueblo a casa de la tía Pola, y allí vine al mundo un 8 de mayo de 1958. En un “pollo” junto a la lumbre y en una vieja cama. La casa y la cama aún existen tal cual estaban.

La tía Pola ha sido la mujer más comunista de la zona que estuvo en la cárcel media vida incluso con Dolores Ibárruri, la Pasionaria. Cuando esta mujer estaba bien, yo la he conocido, le hacía rabiar diciéndola que por ser comunista había nacido un cura en su casa. Es una mujer especial con una experiencia muy dura de la vida.

 

El 18 de mayo de 1958 me bautizaron en la Parroquia de Nuestra Señora de la Antigua de Navas de Estena. Allí nací a la vida y nací a la fe. Mis padres me pusieron por nombre Jesús. Nunca le he preguntado por qué, aunque creo saberlo.

 

 

Inmediatamente después regresaron ya definitivamente a Burujón para quedarse.

 

Mi nacimiento, mis raíces, fueron en Navas de Estena. Mi infancia y toda mi vida, mis recuerdos y experiencias, en Burujón.

Mis recuerdos son de la casa de la calle Torrijos número 1. Una casa muy pequeña, creo que con el dormitorio de mis padres y otro más, un pasillo y una cocina de tierra, un patio estrecho y una especie de pajar al fondo donde había un pozo compartido con la “tía Polonita”. Recuerdo que no había frigorífico y en el pozo en una cesta se metían las cosas para que se mantuvieran frescas. Una lumbre de paja en el suelo donde siempre había un puchero y poco más de mobiliario. Vamos, una casa de pobres. Tan pobre que jugábamos al clavo en el suelo.

Recuerdo que por las mañanas en verano o cuando hacía buen tiempo, nos daba mi madre un tazón de leche ensopada y con él a la “porla”, en el suelo, que era de cemento.

En la misma cama dormíamos dos, y luego tres… y después en un colchón en el suelo. Y cuando para San Pantaleón venía la familia, todos en el pasillo o en el patio en mantas o como se podía.

Es evidente que mis padres tenían que trabajar. Y lo hacían en el campo normalmente. Recuerdo que en uno de esos días que ellos no estaban, jugábamos en la cocina. Mi abuela María Ana se cruzó en nuestro camino y… al suelo. Se rompió una cadera que después fue su muerte. Dicen, pero yo no lo recuerdo que tropezó conmigo. Lo siento.

Eso fue un problema para la economía familiar. Mi madre ahora tenía que quedarse en casa para cuidarla, y además era muy “guerrera”. Pero recuerdo que mi madre siempre la cuidó exquisitamente, aunque algunas veces perdía la paciencia.

Además de jugar con mis hermanos, era evidente que también tenía amigos de esa infancia, aunque me parece que ellos siempre estaban en mejores condiciones económicas y todo que yo. Como que sentía algo de envidia. Era normal. Recuerdo a Enrique, Jesús, Agustín el de la Pura, Paco “el tonto”, algún hijo de “la Churra”, Carlos el de la “tía francisca”, la Rosario su hermana…. Todos los del barrio. Aunque estoy seguro que me dejo alguien.

Diríamos que mi infancia transcurría feliz como la de cualquier niño de la época y con los medios con los que se contaba para ser feliz. No había nada que destacar de relevancia. Jugábamos en los chopos del tío Silvestre al escondite y creo que allí fue donde me fumé el primer cigarro de mentira. Era de papel pero hacía mucho humo. Allí estaba Satur y alguno más. En las tardes de verano en la siesta era una gozada estar a la sombra de los chopos en el arroyo. Satur era tan pequeño que recuerdo que una vez se coló por un albañal y se escondió en un saco de pienso mientras medio pueblo le buscaba. Creo que era por no ir a la escuela, que además nos gustaba poco a ninguno. Esto causó muchos dolores de cabeza a mi madre. Yo hacía que salía para la escuela, que no estaba muy lejos de casa, pero en realidad no entraba y me quedaba en el arroyo jugando o escondido toda la mañana, al final del pueblo, pero al lado contrario de donde estaba la escuela. Allí pasaba el tiempo haciendo no sé el qué hasta que a la hora de salir de la escuela me ponía en ristre otra vez a la casa. Recuerdo que esto me costó más de una paliza, algún sofoco y pasarme algún rato largo encerrado en la pocilga. Qué mal lo pasaba esos ratos. No me gustaba la escuela.

D. Juan intentaba hacer la clase agradable, se vestía de payaso con una sartén en la cabeza. En la escuela había ratoneras a las que metíamos tizas para que se las comieran los ratones. Mi abuela Segunda nos llevaba un ladrillo caliente las mañanas de invierno para calentarnos los pies. Al lado de la escuela había una farmacia de las de antes donde había un poco de todo. No recuerdo el nombre de quien la regentaba, pero sí sé que era una mujer pequeñita y menuda que nos daba parches para el pecho cuando estábamos constipados. Salíamos al recreo a lo que hoy es la Plaza de España.

En esa misma escuela nos dio clase D. Eugenio, un maestro muy chiquitito de estatura, aunque la inmensa mayoría de las veces las clases nos las daba su mujer “Doña Enseña”. No tenía ni idea pero con una vara de mimbre en la mano nos mantenía toda la mañana en el pupitre. En la ventana se ponía la bandera y se cantaba en posición de firmes el cara al sol.

Así transcurría mi inconsciente infancia…

Mi padre los domingos iba al bar a echar la partida. Pedíamos la paga, que como además estaba el tío Vicentón, pues siempre caía alguna perra gorda con la que comprábamos pipas y algún regaliz en el puesto de la tía juliana. Me viene a la memoria la tía Blasa como si también tuviera un puesto de algo pero no estoy muy seguro.

Los domingos, aún estaba la iglesia vieja, íbamos a misa. Había que subir unas escaleras, luego había un jardín y después se entraba por un lateral. Los recuerdos son muy vagos de este lugar. Sólo recuerdo el púlpito donde predicaba el cura, una casa de enfrente con dos escaleras laterales, que eran los salones parroquiales, y la casa del cura un poco  más debajo de la iglesia. Al poco tiempo ya se hizo la iglesia nueva, que es de donde recuerdo más cosas. El cura era D. Antonio Galán Fernández-Talavera.

Mi padre tendría más recuerdos de él. Le gustaba mucho la caza. Yo recuerdo que en la escuela nos enseñó a boxear. Era tan bruto que boxeaba con nosotros que éramos niños, y nos dejaba siempre por los suelos y con las narices rotas. Esto le acarreó más de un problema con los padres, también con el mío que casi le pega por haberme roto el labio superior y llegar sangrando a casa. Cuando aparecía en la escuela nos daba miedo. Y peor fue en la matanza en casa del tío Marciano y la tía Carmen donde, como era el cura y allí mandaba él, nos puso la cara llena de sangre del cerdo y mi padre se encaró con él. Encararse con el cura en esta época era toda una proeza.

Recuerdo que fue D. Antonio el que vendió la iglesia para hacer otra nueva. Aún no lo entiendo.

La razón era que como Franco pasaba de caza a la finca de Alcubillete paraba allí, donde está ahora la iglesia, que le pillaba menos a tras mano. No lo entendí ni lo entiendo aún, pero forma parte de esta historia.

Otro recuerdo que fue un acontecimiento grande para nosotros fue la llegada de unos helicópteros a la era. Muy cerca de las escuelas nuevas, donde hoy es la casa de mi hermana Rosario. Venían porque en Madrid había habido un accidente cuando la gente de Burujón se desplazaba a Madrid a trabajar, casi todos los hombres. Entre los accidentados estaba mi tío Julián, el marido de mi tía Bernarda y algún muerto. Creo que el tío “Chavó”.

Después de D. Antonio Galán llegó a la Parroquia D. Próculo. Con ese nombre se daban muchas confusiones y bromeábamos con él que se ponía de malas pulgas.

 

Yo era aún pequeño… aunque no recuerdo la edad.

Era monaguillo, de eso sí me acuerdo. D. Próculo nos llevaba los sábados a la misa de Alcubillete. Para nosotros eso era un premio y todos queríamos ir. Después de misa nos daban de merendar, y eso para un niño acostumbrado a una onza de chocolate era todo un lujo. Los salones, las estancias, las criadas poniéndonos de todo. Vamos, todo un lujo.

Era un domingo, pero desde una semana antes la carretera estaba llena de guardias civiles. Era la señal de que pasaría Franco de caza. Nos hacían hacer en la escuela banderines y otras cosas para saludarle a su paso, pero pasaba tan rápido y sin saber en qué coche estaba, que nos quedábamos peor que antes de pasar. Pero como era domingo, Franco escuchaba misa. D. Próculo nos llevó a todos. Nos pusieron en fila y nos saludó Franco dándonos un billete de 20 duros. Para unos niños como nosotros eso de ver a Franco y saludarle era como “ver a Dios” y si encima te daba 20 duros ya era el colmo de los colmos. Toda la misa estuvimos sin movernos. Era la advertencia del cura. A Franco no se le podía mirar mientras la misa. Estaba en un sillón rojo parecido a un trono, en la parte más cercana al altar encima del presbiterio. Lo que sí recuerdo bien es que para la misa lucía uniforme militar, aunque después le vimos con otro para salir de caza. Creo recordar que ese día fue lo de la famosa “Marcha Verde”. Pero no estoy muy seguro del todo.

 

Después fuimos Alcubillete muchas veces más…

 

Aún recuerdo de esa época a otro maestro que hizo huella en mí. D. Adolfo Lázaro, natural de Vargas y que como buen vargueño nos enseñó en trabajos manuales a fabricar cofres y otras cosas. Aún creo que queda alguno por mi casa.

Esta es una de esas fotografías perdidas y aparecidas después de muchos años. En ella estamos mi hermano Miguel a la derecha, mi hermana Rosario presumiendo de triciclo y yo a la izquierda. Creo que la fotografía está plasmada en la puerta de lo que era el palacio, y tengo la sensación de que el triciclo no era nuestro sino del fotógrafo.

Seguro que eran las fiestas de San Pantaleón.

 


Pero llegaba el tiempo de trabajar…

Antes de este trabajo, en las molduras de Torrijos, ya había hecho otras cosas. La peor fue la de espantar chovas en Torralba o Alita, ir a coger guisantes con mi madre, etc. Ninguno me gustaba y además en el campo solo pasaba mucho miedo. Pero arrancando o cogiendo tomates era muy malo. Me tenían que ayudar porque no daba ni golpe y me quedaba siempre atrás. Era sólo un niño.

Una vez mi padre me dejó solo en medio del campo en Buhadilla, donde estaba la tía Berna siempre en la cocina. Pasé tanto miedo que cuando vi a un pastor, se llamaba Tomás, salí corriendo para hablar con él y ya no regresé al curro. Me despidieron porque las grajas se comieron todos los guisantes.

La cuestión es que el campo no me gustaba, pero tampoco sabía nada como para ponerme a trabajar en un banco…

 

Una tarde mi padre que trabajaba en Torralba nos llevó a todos a dormir en la era. Había tantos pícateles que se le ocurrió poner un plástico por encima del remolque donde dormíamos… a eso de la media noche casi nos asfixiamos. Salimos de allí por patas pero fue peor el remedio que la enfermedad. Los mosquitos nos comían. Toda la noche sin dormir.

Creo que fue antes. Me parece que en la finca de “Ciguarrás”. De ese momento yo sólo recuerdo las culebras y algunas cosas muy esporádicas como al tío Julián, los pastores, el electricista que creo que se llamaba Tomás. Pocas cosas más. Además dicen que yo era “patarrín”. No recuerdo nada.

Aún era pequeño cuando mi padre encontró un trabajo en una fina al lado de Toledo. Se llamaba “Calabazas”. Recuerdo el camión con los pocos muebles que tenían llegando a la finca. Los dueños vivían en una gran casa pero a nosotros nos mandaron a una pequeña y al lado del río Tajo. A los pocos días creció tanto el río que el agua por la noche entró en la casa. Con las mismas mi padre mandó llamar el camión y vuelta a Burujón esa misma mañana. En el camino nos paró la Guardia Civil y en el camión estábamos todos bien calladitos para que no nos vieran. Ni respirar, nos dijo mi padre.

 

Así, de esta manera fui creciendo. Seguro que mis hermanos recuerdan muchas más cosas. La verdad es que no me gustaría omitirlas, pero sencillamente en este momento no las recuerdo. Ellos, mis hermanos y alguna vecina dicen que de pequeño cogía un cajón de los tomates, le ponía algo por encima y “decía misa”. No lo sé.

 

Crecí, y como ya he dicho, el campo no era para mí. Tal vez porque veía los sacrificios de mis padres y lo que les costaba todo el día de sol a sol.

 

Me buscaron un trabajo en las molduras de Torrijos. No recuerdo muchos nombres, sí el de Felipe que fue en esa época un gran amigo. El puesto que me dieron fue el de tornero, y así pasé algunos años. Recuerdo que no era malo en el trabajo y que todos me querían. Era un mundo nuevo para mí. Hasta el jefe me hablaba siempre con mucho cariño y respeto. Le recuerdo aún aunque no se su nombre. La fábrica estaba junto a la vía del tren y recuerdo que sabíamos de memoria a qué hora pasaba cada uno. Más que nada por la hora de terminar o del descanso para el bocadillo.

Como se puede ver, mi infancia y mi juventud son recuerdos. Recuerdos que nadie excepto el que los ha vivido puede recordar. Y si recordar en vivir otra vez, es la vida la que en un momento determinado sale nuevamente a nuestro encuentro. La vida es eso, un libro con las páginas en blanco que te entregan cuando naces y que vas escribiendo poco a poco irremediablemente. No hay que borrar nada, no hay que arrancar ninguna página. Hay que entregarlo al final para el examen último.

También es verdad que en esta época realicé otros trabajos. Tal vez los que la gente más recuerde de mí. También fui cobrador de autobuses. Con Fernando Álvarez y con Ancos pasé algún tiempo. La verdad es que fue un tiempo bueno, aunque había que madrugar mucho. De mi pueblo salían tres autocares a Madrid todos los días de hombres que trabajaban en la construcción. Yo tenía que pasar por los tres y lógicamente tenía que apearme de uno y esperar al siguiente a pié de carretera. Fue así como viví la muerte de Franco. Recuerdo que estaba en Novés esperando al siguiente autocar. Serían las cinco y media más o menos de la mañana. Y desde allí mismo nos regresamos al pueblo. No se sabía cómo estaría Madrid a esas horas y con ese acontecimiento histórico.

Después de estar con Fernando me incorporé a la plantilla de Ancos. Era otro trabajo. Se trataba sólo de estudiantes y colegios de Toledo. Eso me ofrecía la posibilidad de poder hacer algo en el tiempo libre y relacionarme más con los demás. Así conocí al Jesús Cudero, hoy en el Poder Judicial, Alberto San Román, por entonces vivía aún su padre, José Luis Mareque, y otros muchos…

Pero esto suponía que tenía que quedarme a vivir en Toledo. Los padres de Jesús Cudero me daban de comer muchos días. La cena, si es que cenaba, me la hacía yo en lo que era mi pensión. Una habitación que servía para todo y un aseo sin ducha más pequeño que yo. O sea, que algunos días salía a tomarme algo a un bar y con eso ya cenaba. La cuestión era no estar solo y encerrado en aquella habitación. La pensión estaba en la Plaza de Montalbanes y era una casa de la tía Magdalena de mi pueblo, que había sido toda la vida hospedaje.

Fue allí donde decidí hacer “algo”. Yo estaba destinado en la Academia de Infantería. Eso me posibilitaba estar en la ciudad y disfrutar del “pase pernocta” para trabajar algo y poder estudiar alguna cosa.

Los fines de semana normalmente venía a Burujón. En realidad allí estaban mis padres, mis hermanos y mis amigos de la infancia. Pero confieso que Toledo ya me tiraba porque allí estaba conociendo nueva gente y me atraía más la posibilidad de poder hacer algo. No es que renunciara a mi pasado. Sencillamente era otra cosa.

Aún regresaba porque funcionaba lo de los planteles de Extensión Agraria (había hecho un curso de capacitación agraria en Tomelloso al que también fue Pedro Luis) y de vez en cuando organizábamos un teatro. Estaban comenzando las semanas de la juventud y nos reuníamos en lo que hoy es la capilla de San Pantaleón. Tal vez estos fueron mis últimos años de estar en el pueblo permanentemente. Además a esa edad, creo, ya salía con una chica. Aunque salir en esa época era o comer pipas en la plaza o pasear por la carretera. Poco más.

Yo no sé cuántas obras de teatro hicimos pero fueron muchas. Siempre estaba allí. No sé cómo me las arreglaba pero cuando pensaba que ya no haría más siempre me lo sugerían y yo aceptaba gustoso. Así que a la semana siguiente había que venir a los ensayos. La verdad es que me gustaba.

 

Omito los nombres de tantos y tantos chicos y chicas de aquella época porque creo que éramos casi todos los jóvenes de ese tiempo los que estábamos implicados en estas cosas culturales. Unos hacían de actores, pero otros muchos hacían otro montón de cosas. Eran los tiempos de D. Luciano, de Esteban, de D. Próculo y D. Eladio el que sigue siendo cura de Noves después de más de treinta años y el inolvidable D. Aniceto. En fin, tampoco había otras cosas que hacer más importantes.

 

Poco a poco el tiempo se me quedaba corto para poder hacer tantas cosas, y casi sin darme cuenta fui rompiendo con esa etapa para entrar en otra no más novedosa pero sí de más compromiso y pensando un poco en mi futuro personal.

La Academia, los teatros, los fines de semana, los amigos. Eran demasiadas cosas para poder tener tiempo para todas.

Aún estando en la mili también por las noches estaba en las Damas Catequistas en unos cursos de actualización de bachillerato. Estaba retrasado en todo. O dedicaba más tiempo a esto o me pasaría lo de siempre. Por las mañanas en la Academia de Infantería, al medio día los autocares de los colegios, por las tardes estudiaba también en el colegio de Santa Bárbara, “Ángel del Alcázar” y por la noche en las Damas Catequistas. Era demasiado pero había que hacerlo. Así, poco a poco fui rompiendo con Burujón y con todo lo que había supuesto en esa etapa de mi vida.

En la mili había que tomar decisiones. Decisiones que estuvieron marcadas por lo siguiente. Uno de mis mejores amigos, Jesús Gómez Pérez, era el único con el que allí tenía confianza para hablar de todo.

Él alguna vez me sugirió que dadas mis condiciones podría pensar lo de dedicar mi vida a los demás. De él tengo muy buenos recuerdos, aunque jamás le he vuelto a ver.

 

También me escribía con las monjas clarisas de San Diego de Alcalá de Henares, donde había cinco religiosas de Burujón. La carta la he perdido pero en una de ellas me recomendaban dedicar mi vida a Jesucristo.
 

 

Pero lo que fue realmente decisivo fue la relación con mis amigos de Toledo que por ese entonces estaban en la Parroquia de San Nicolás de Bari. Allí estaba de Párroco D. Felipe González, al que yo veía frecuentemente y con el que hice mi primera confesión después de mucho tiempo. Esto ocurría un 14 de Septiembre. Recuerdo que nos pasamos la noche hablando y fumando hasta el amanecer.

Fue a D. Felipe al que le comuniqué el primero que quería intentar saber si Dios me llamaba o no. Intentó conocerme y me invitó a participar en los grupos parroquiales donde además estaban mis amigos.

Allí en la Parroquia hice mis primeros pinitos pastorales participando en los campamentos. En ese entonces la Parroquia de San Nicolás contaba con unas buenas instalaciones en el maravilloso pueblo de Piedra Escrita.

Allí, en los veranos conocí mucha gente y lo pasaba de maravilla. Eso era lo que me gustaba, lo que tal vez había estado esperando toda la vida. Paco Ventura, el “gran Paco”, Paco Cerro, hoy Obispo de Coria en Cáceres, Alfonso Fernández Benito, Jesús, no recuerdo el apellido pero sí su cara, y otros muchos que luego acompañaron mi camino vocacional posterior.

Recuerdo las actividades, la piscina, las marchas a las Chorreras, el ir a comprar los víveres a otros pueblos, las pistas, los fuegos de campamento por la noche y viendo las estrellas, la firma en el libro que había en una lata de membrillo de las Chorreras, el calor tórrido del medio día, las picaduras de los mosquitos, algún accidente que otro, pero fundamentalmente la misa por las tardes en aquella iglesia oscura y fresquita donde veíamos a la Virgen tan pequeñita y oscura, y las cerámicas, y las pinturas… y el olor inconfundible a jara. Una morera, o un álamo inmenso, no recuerdo bien qué era, estaba a la puerta de la iglesia y nos cobijaba del calor del medio día. Enfrente vivía una señora que atendía la iglesia y tenía cientos de detalles con nosotros, especialmente conmigo. No me acuerdo de su nombre.

A uno de esos campamentos también fueron chicos de mi pueblo, me refiero a Burujón. Para mí aquello suponía mucho. Ángel Bienayas, Prudi, Marcos y alguno más.


 

Y llegó la hora de ingresar en el Seminario….

 

Había que decírselo a mis padres, a mis hermanos y a los amigos de esa época. No todos reaccionaron igual. Unos decían “ya lo sabía yo”, otros se sorprendían de la decisión y algunos se oponían. Incluso se atrevían a decir: “tú lo que no quieres es trabajar”. Como si ser cura fuera cosa de vagos. Ya te digo.

Omito personas y comentarios que no lo entendieron jamás y que tal vez lo vieron como una forma de desprecio. Confieso que eso no fue así, pero tampoco me empeñaré en intentar explicar lo inexplicable cuando se trata de una llamada de Dios.

Jura de Bandera y Diploma de Honor

 

Y aquí

Comienza otra historia

Una declaración de amor

Por parte de dios

El seminario

 

Sólo lo entiende el que la siente y posee la fuerza que da el estar seguro de que es Dios el que llama.

No, el primer año nunca es fácil. Teniendo en cuenta que yo venía del mundo y meterte de pronto todo el día en una habitación a estudiar “cosas raras” no resultaba fácil. Además, yo soy súper melancólico, en las tardes de soledad asomado al río pensaba si la decisión habría sido la correcta.

 

Rito de admisión  (17-XII-1982)

 

Lectorado   (19-XII-1983)

 

Acolitado   (14-V-1984)

 

Diaconado   (16-VII-1984)

 

Presbiterado  (14-VII-1985)

 

Primera misa  (15-VII-1985)

 

 

A lo largo de la vida me han pedido muchas veces y en distintos lugares que cuente la historia de mi vocación. En parte ya está contada en el capítulo antecedente. Dios no hace nada en nuestra historia personal sin contar con nuestra libertad. El pasado, la familia, los amigos… todo es parte de esa historia de amor por parte de Dios con cada uno de nosotros. Estamos configurados por nuestro pasado, por nuestras experiencias personales y por la tierra en la que nacimos. No podemos arrancarnos nada, es más, Dios utiliza ese barro para hacer un cántaro nuevo. La vocación al sacerdocio es puro don, pura gracia de Dios que ningún llamado merece.

Por qué fue así y no de otra manera es cuestión que sólo le corresponde al que llama y al que envía. Él sabe bien a quien ha elegido y yo sé bien de quien me he fiado y en quien tengo puesta mi esperanza. Una esperanza que no defrauda jamás.

Un muchacho alegre, inquieto, guapo, a esa edad lo es casi todo el mundo, y según muchos un “trasto”. Un muchacho de pueblo y de una familia de las más humildes como ya ha quedado reflejado y poco estudiante y nada preparado para esa “empresa” que el Maestro quería iniciar en mí. Hoy sé y está claro que Dios elige lo miserable de este mundo para confundir a los que se creen que son algo.

Qué sería yo si no hubiera sido cura? No lo sé, pero de lo que sí estoy completamente seguro es de que no se ser otra cosa que cura. Cura y nada más que eso.

Dios llama a quien quiere y como quiere. Un día paseando por la carretera de mi pueblo, y teniendo la posibilidad de poder hacer lo que hacían todos los jóvenes de mi edad en ese tiempo con una chica, me pareció sentir que Dios me decía: “Tú no, tú eres para mí…” O algo así.

Sentí miedo.

Es verdad que me cuentan que cuando era un niño decía misa de mentira encima de un cajón, pero eso no hubiera supuesto nada si Dios no se hubiera fijado en mí.

En el fondo de mi corazón yo quería dedicar mi vida a los demás, hacer algo que supusiera darme a mí mismo. Ignoro por qué razón pero todo lo tenía casi en contra. Nadie me creía, nadie apostaba por mí porque estaban convencidos de perder esa partida. Lo peor es que no me creía ni D. Próculo, que a la sazón era el Párroco en ese momento. Esto suponía un obstáculo muy grande porque sin permiso del Párroco no podía iniciar mi camino vocacional. Él a toda costa decía que yo tenía que ser como los demás, echarme novia y casarme. Cuando hablaba con él de este tema siempre estaba de malas pulgas y nunca profundizaba en el tema. La verdad es que nunca le entendí.

Fue D. Felipe el que apostó por el Sejo. Habló con D. Próculo, con mis padres y… el camino empezó a enderezarse. D. Felipe es uno de esos curas a los cuales siempre estaré agradecido, y que además fue mi director espiritual durante gran parte de mi senda vocacional. Él merecería todo un capítulo aparte, pero obviamente ese campo pertenece al espíritu y es obligatorio omitirlo. Gracias Felipe.

Una tarde de domingo me despedí, en contra de Próculo, para variar, de la chica con la que salía, y de los amigos más íntimos. A él no se le ocurrió tener ni una palabra de aliento ni ir alguna vez al seminario a verme. Y que conste que escribo esto, pero hoy, hermano en el sacerdocio, le quiero.

Antonio “el gordo” me hizo una apuesta. Antes de un año estas aquí otra vez, me decía. Les dejé una pequeña cadenita de oro como recuerdo y el día de mi primera misa me la dieron otra vez. Recuerdo que fue emocionante. Pablo, Antonio, Pedro Luis, Carmen, Geno, Satur… el día de mi primera misa llorando de alegría.

A D. Próculo le cambiaron de destino y llegó D. Bernardino Castro Gorgojo. Eso ya era otra cosa. Se preocupó por mí, incluso económicamente, me confesaba en los veranos y en vacaciones, me ayudaba en todo y cuando él no estaba me dejaba las llaves de la iglesia para que fuera a rezar o hacer la visita al Santísimo. D. Bernardino es el cura de mi Ordenación, es el cura de mi pueblo durante casi todo mi tiempo en el Seminario.

Nuestro primer año

Los que empezamos en 1º de filosofía

Mi primera Navidad en el Seminario. Creo que desde el principio siempre me tocaba hacer algo. La primera vez fue presentar la velada de esa noche. Creo que asistía el Sr. Cardenal D. Marcelo, y como nadie se atrevía, pues ala, el Sejo a la palestra. Me sirvió para “perderle el miedo” siempre a D. Marcelo, y además como yo fumaba ducados, de vez en cuando me pedía un cigarro.

 


La cuestión es que yo estaba siempre en todas partes. Igual que antes de ingresar al Seminario.

Es curioso, pero lo que más recuerdo de ese día fue la postración en el suelo antes de la imposición de manos de D. Marcelo. En realidad pasa algo en ese momento. Ignoro, repetía, por qué razón me has elegido. Aquí postrado en el suelo sé mejor lo que soy, pero también lo que me llamas a ser. Tú irás en mi nombre, respondías. Mira Señor, que sólo soy un niño… Yo te he elegido. Que no tiemble tu corazón.

Y aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad.

Después llegaron los primeros destinos y todas las ilusiones.

Mi primer destino fue en Extremadura. Garbayuela, Tamurejo y Baterno. Son esos tres pueblos que tengo marcados en el alma. Es como el primer amor de adolescencia. Nunca se olvida. Allí pasé mis primeros años de sacerdocio y tal vez los mejores. Montón de ganas de hacer muchas cosas aunque eran escasas las posibilidades. Pero se hicieron. Aún quedan pintadas de “Cristo Vive”. Las pascuas juveniles, cientos de muchachos y muchachas. Digo cientos porque se unían de unas parroquias de Galicia que traían las Hijas de Cristo Rey de Talarrubias.

Los primeros baños en Tabla Corta con los monaguillos. Las tardes de cangrejos con Ángel y compañía. Las partidas al dominó. Las misas en la Ermita de la Virgen del Fuego. La llegada de la imagen a Baterno. En Tamurejo las fiestas del Rosario y de San Pantaleón. Las obras en las iglesias. Las tardes de olor a humo de encina y pan caliente de pueblo.

Los Auroros de Garbayuela, sus danzantes de San Blas… y mi pie roto por ir a espárragos justo el día de la fiesta. La misa en silla de ruedas. Las peregrinaciones a Guadalupe, el “fuiste y eres” de las tardes de merienda y convivencia, la partida de “Morgan” a misiones del Ecuador. Las tardes de aceituna y frío en el olivar. El colegio de los niños y las navidades en borrico por las calles del pueblo. Las noches al fresco en la calle hasta las tantas…

 

Seguro que hay muchas más cosas…

 


En esta parte no me entretendré demasiado. Creo que las imágenes serán, en este caso, lo que pueda decir más que “mil palabras”.

Confieso que se me hace difícil recordar tantas y tantas cosas, fundamentalmente personas, que han hecho que mi vida pastoral estuviera influenciada por todos y cada uno.

Cuando cierro los ojos soy capaz de recordar hasta conversaciones, pero cuando me pongo a escribir pareciera que se hace una barrera que impide plasmarlo en palabras.

Es posible que me hicieran falta muchas más páginas de las empleadas hasta este punto, pero también muchos más años de los vividos para poder recordar, escribir y agradecer lo ya pasado.

Cuanto más pasa el tiempo mejor comprendo que la vocación es una auténtica historia de amor por parte de Dios. Yo solo no habría podido ni sabido.

El Cardenal Marcelo y el Papa Juan Pablo II son sin duda esas dos personas que marcaron mi vida. Efectivamente no habrá palabras para reflejar lo que pusieron en mi alma y lo que después he intentado practicar. D. Marcelo porque me ordenó sacerdote y muchas cosas más. Alguna quedará reflejada en estas memorias, pero la mayoría estarán escritas para siempre en el corazón y en el amor. Juan Pablo II porque me abrazó, pronunció mi nombre y me ayudó con sus palabras a ser un “cura loco”, impulsivo, alegre, trabajador, entregado y amante de mi vocación aún en medio de las dificultades pastorales y personales.

La Madre Teresa de Calcuta un día me dijo viniendo del aeropuerto al seminario, que “para entregarme a los más pobres tendría que mirar a mi alrededor sin ir muy lejos…” Estas palabras fueron proféticas hace ya mucho tiempo.

Ya antes de la ordenación sacerdotal, en una de las visitas a Roma, Juan Pablo II le dijo aquel apasionado Sejo en la Plaza de San Pedro: “…ánimo, ánimo, que eres muy joven, pero…no seas tan loco”.

Después de veinticinco años mi pregunta es, ¿en qué he cambiado? Sé que estoy apasionadamente enamorado del Maestro, y eso hace que siga siendo un apasionado. Sigo creyendo en la fuerza de la palabra y estoy convencido de que aquel primer amor es nuevo cada amanecer.

Pido que nunca pase el ardor primero. No quiero ser alguien que piense que ya todo está hecho. Quiero seguir escuchando en cada recodo del camino, aunque hayan pasado los años, como Jesús pronuncia mi nombre cada nuevo amanecer.

 
 

Mi primer año, mi primera vez en Roma

 

Yo creo que era demasiado joven. No quería dejar pasar el tiempo. Tenía que conocerlo todo, pero fundamentalmente empaparme de esa Ciudad Eterna, centro de la fe y piedra donde se sustenta la Iglesia.

 


D. Marcelo era una de esas personas muy grande. No sólo grande físicamente, que lo era, sino también en otros muchos aspectos. Esto a muchos parecía darles miedo, pero yo confieso que me lo pasaba muy bien con él y “el Cardenal” siempre sonreía a mandíbula batiente cuando, fumándonos un cigarro, y eso que lo estaba dejando, yo le contaba con pasión mis experiencias.

Un día lo dijo: “por qué no ser sacerdote?”.

 

Bueno, pero no quiero entretenerme en estos aspectos.  Sólo lo he hecho para ilustrar una pizca hasta qué punto influyeron en mi persona.

 


Es hora de afrontar los primeros destinos, los primeros pueblos, las primeras pasiones…  Y allá vamos. Pero no sin antes dejar constancia de la Madre Teresa de  Calcuta en medio de nuestras vidas en el Seminario.

Me doy cuenta, y vosotros también lo haréis, de que conforme voy escribiendo me van surgiendo las imágenes y los recuerdos. Vamos, que no sigo un orden. Tampoco sé si podré hacerlo, porque como ya he dicho, son muchos los recuerdos e infinitas las experiencias

 

¿Alguien se puede imaginar qué siente un muchacho joven con 20 años estando al lado de la Madre Teresa de Calcuta durante más de una hora en el mismo coche?

¿Alguien puede saber cómo late el corazón cuando tienes a menos de diez centímetros al Papa poniéndole los micrófonos en la capilla del Seminario?

¿Alguien puede imaginarse a D. Marcelo riendo con un chico de 20 años?

 


¿Alguien puede intuir qué siente un adolescente enamorado cuando Juan Pablo II te da la comunión?

Que no me digan que todo eso no es el signo evidente de que Dios me ha hablado.

¿Recordáis la magnífica concentración con el Papa en el Polígono Industrial de Toledo?.

Y allí estaba yo… comulgando

 


Claro que, en cuanto podíamos, Alfredo Amestoy y otros muchos aprovechábamos para pasarlo de maravilla. Recuerdo esos momentos como muy especiales.

Algunas veces la gente piensa que hay que ir por la vida de “hombres serios”. Los hombres serios, junto a una buena jarra de vino viejo, hablan y se divierten como nadie. ¡Qué tiempos!

 

Pero sigamos…

 


De esto hace ya 25 años. Mis padres comulgando en mi Primera Misa en Burujón.

Llegados a este punto no tengo por menos que emocionarme.

Yo, su hijo Jesús, el segundo de los cinco, dando el Cuerpo de Cristo, dando al que es la Vida, a quienes me dieron la vida a este mundo.

Y allí estaban muchos más. Mi tía Bernarda, la tía Carmen… mis amigos.

 

La emoción me embarga.

 


Mis primeros destinos en la “Siberia Extremeña”

Se trata de un núcleo reducido en el límite ya de las tierras de Ciudad Real, sobre un dominio de suaves ondulaciones cubiertas de dehesa, jaras y monte bajo, en la proximidad de la Sierra de los Villares, a mitad de camino entre Siruela y Fuenlabrada de los Montes.

Entre sus parajes llama la atención por su interés paisajístico, el llamado "Tablacorta", de remansadas y someras aguas.

HISTORIA

VILLA INDEPENDIENTE.

Un Documento de Simancas, describe ampliamente los pasos pertinentes de cómo el lugar de Garbayuela, fue constituido en villa independiente. Comienza así:

Parece ser que este paso tan importante se concede según la normativa establecida por Felipe IV. A cambio, los vecinos de Garbayuela tendrán que pagar tres millones y medio de ducados. Un dineral, si tenemos en cuenta que la moneda por entonces circulaba bastante menos que ahora.

Garbayuela pertenecía por estas fechas al Vizcondado de Puebla de Alcocer, pero con autoridades propias, tanto civiles como religiosas, con su escuela, su médico….. Sacerdotes había tres, porque tenía, además del Templo Parroquial al menos dos Ermitas dedicadas al culto, la de "Santa Ana" y la de "San Sebastián" aunque aquí no se menciona ninguna de ellas.

Se aprecia que en el lugar de Garbayuela estaba muy bien situado, no sólo geográficamente, sino en todos los aspectos, con personas capacitadas para cualquier acontecimiento importante. Allí se celebraban las juntas comarcales en lo referente a las rentas decimales, causa justificada para que llegara a la mayoría de edad en el aspecto jurídico.

Pero también existía, quien se daba al pillaje y no respetaba las posesiones ajenas, lo cual podría resolverse teniendo sus autoridades propias para poder administrar justicia. Difícil lo tuvieron los vecinos de Garbayuela para conseguir su independencia. Tuvieron que seguir muchos y complicados trámites hasta alcanzar, de los que ejercían el poder, lo que tanto estaban necesitando. Por fin se le concede la "mayoría de edad", concediéndole "Villazgo de primera Instancia", "con Jurisdicción Civil y criminal, alta y mixto imperio". Términos jurídicos, en parte coincidentes, que en derecho significaban soberano y de sangre, "mixto aproximadamente superior y civil".

Son muchos los derechos que adquiere una Villa de primera instancia: de independencia de poder, de justicia. Toda villa tenía su "picota, horca o rollo",- columna en la entrada de los pueblos donde se ajusticiaban a los traidores o se exhibían a los enemigos-, aunque en la actualidad no recuerdo que se conserven ninguno de estos símbolos en Garbayuela. Procede indicar que después de tanto protocolo y dar por terminada la cuestión surgió un serio problema. Y es que Don Leandro Borbón, tesorero real, les puso pleito porque, desde que firmo el Rey la concesión de Villa hasta que se abonó la cuantía estipulada, resulto haber "11 vecinos y medio más". Por cada uno de ellos exigían 7500 maravedíes.

Cinco años duro este pleito. Por fin, el día 16 de Marzo de 1796 saldaron su deuda, parece ser que con muchos trabajos económicos, tal y como explica otro documento, porque los bolsillos tenían totalmente vacíos, con los pagos deVillazgo.
Desde aquella fecha, Garbayuela goza de todos los derechos y de todos los privilegios propios de las Villas independientes.

CASTRO DE GARBAYUELA.

Sobre un roquedo casi inexpugnable, próximo al pueblo de Garbayuela existen unas impresionantes ruinas de lo que debió ser una ciudad fortificada céltica, a la que el vecindario viene llamando por tradición "El Castillo".

Por el único acceso natural que tiene, se aprecia con claridad, aunque las jaras y el brezo lo tenga semioculto, un camino de más de un kilómetro de longitud marcado por enormes piedras, que conduce a lo que fuera su entrada, enmarcada con un enorme monolito desde donde parte un grueso muro en ruinas que tapaba la entrada natural al "Castro".

Sus constructores aprovecharon sobre la cima de la sierra los accidentes naturales, de tal forma que simultanearon los muros anchos y elevados de enormes floras, con los roquedos agrestes de difícil escaladas, dejando de este modo un soberbio recinto y fortificado, de forma rectangular con unos 10.000 m cuadrados de superficie.

Dentro del mismo se distinguen con claridad numerosos cimientos de habitáculos de 4 m cuadrados de forma irregular. Una fácil excavación dejaría al descubierto la impresionante ciudad fortificada que sin gran esfuerzo se adivina. En otro lugar del recinto hay un aljibe "vestido" con enormes piedras, que pese a estar semiciego por acumulación de materiales, conserva el agua que mana limpia gran parte del año.

Los vecinos del pueblo aseguran que junto a él había una piedra escrita "con extraños caracteres", que por más que buscábamos en nuestras reiteradas visitas no pudimos encontrar. El vecindario las tiene "bautizadas" desde tiempo inmemorial: el "cuarto moro" con entrada por una plataforma que mira al pueblo, "las lastras" en la parte opuesta; "la cocina"… Esta última tiene una pequeña "sala" a la entrada desde donde parten los corredores. Todas ellas son de poca profundidad.

En diversas oquedades, se aprecian igualmente muros de piedra seca que cierran en parte estos huecos convirtiéndose en abrigados refugios. Fuera del recinto, muy próximo a él hay una explanada con piso de roca lisa en la que se ve una piedra cúbica a la que los vecinos llaman "la mesa del moro"; colocada, sin duda, con algún fin específico.

Su visita, creemos no defraudará al arqueólogo más exigente.

LA REAL CAÑADA SEGOVIANA.

No se puede hablar de Garbayuela sin hacer mención de la Real Cañada Segoviana que recorre el término municipal de Suroeste a Noreste. La historia de nuestro pueblo gira alrededor de ella, y aunque no existan grandes obras arquitectónicas a lo largo de su recorrido, todavía queda algún vestigio y el nombre de algún paraje que en tiempo lejano fue de utilidad al transeúnte que la cruzaba con el ganado, por no mencionar muchos de los apellidos que aún se mantienen y que tienen su origen en el norte de España. Trataré de hacer un resumen de los sitios de cierto interés, que existieron en el municipio de aquellos tiempos.

Existe un puente en el arroyo de "La Jarosa", pequeño pero muy bello y bien conservado, situado en la "Dehesa Boyal", a la entrada del pueblo. Más adelante sabemos que había un Ermita en honor de "Santa Ana" en el paraje denominado "Hondo de Santa Ana", que posteriormente fue cementerio eclesiástico y ahora ha vuelto a ser ermita, hoy dedicada a "San Blas".

Da fe de que existió la talla de Santa Ana de gran belleza y antigüedad y que está en la Iglesia de San Pedro Apóstol. Frente a la ermita, cruzando la Cañada Real Segoviana, esta la cerca del Hospital, donde en la Edad Media hubo realmente un Hospital donde un trashumante podía aliviarse del cansancio del camino y curarse las enfermedades de la época.

Volvemos a Cruzar la cañada y tenemos la Fuente del Egido, principal abastecimiento de agua para el pueblo hasta hace 35 años, y que también servía y sirve aún como abrevadero de ganados. Desconocemos si existió alguna posada pero no dudamos que la hubiera. Seguimos hacía Fuenlabrada de los Montes, y a la altura del paraje denominado "Valdíos" hubo otra Ermita en aquella época, hoy totalmente desaparecida, dedicada a "San Sebastián". De ella también conservamos la talla de dicho santo, que al igual que la de Santa Ana se encuentra recogida en la iglesia.

Siguiendo en la misma dirección, llegamos a un paraje con un paisaje natural increíblemente bello, por donde el río Guadalemar discurre ofreciéndonos un relajante baño en cualquiera de sus "tablas" (así llaman los lugareños a ciertos tramos del río), Tablacorta, la tabla de los sauces, la tabla de los fresnos.... En este lugar, de aquellos tiempos quedan vestigios de los baños de Don Zenón, que eran curativos del reuma.

La aportación cultural de la Real Cañada Segoviana ha sido muy importante para este municipio.

Tamurejo, donde la fiesta era San Pantaleón, igual que en mi pueblo.

Baterno y su Ermita de la Virgen del Fuego

 

 

Esto merece una mención especial. Es de las cosas más bonitas que me pasaron estando en aquellos pueblos.

Ángel Romero podría contar muchísimo más que yo. Él era el conductor de ese coche vestido de carroza que porta el cuadro de la Virgen del Fuego.

Esa imagen no había salido jamás del pueblo. Hay que conocer Baterno para poder describir la situación. El cuadro esta en Madrid siendo restaurado por su autor. Había estado fuera unos días y todos esos días había habido gente haciendo guardia a la Virgen allí a la misma puerta del pintor.

Cuando la Virgen llegó a Baterno aquella tarde, lo que ocurrió es indescriptible.

Allí estaban todos en la carretera para verla llegar.

 


Todo el mundo dice lo mismo de sus primeros destinos, pero en este caso es verdad.  Mis primeros destinos siempre los recordaré como una cosa bonita donde  se mostraba el amor de Dios a raudales.

Son muchas, demasiadas las experiencias, como para poderlas condensar en una pocas páginas. Lo dejo para ese lugar especial del corazón donde se guardan las cosas que realmente son importantes.

Si pretendiera contar todo de todos los sitios por donde he pasado sería demasiado para el que escribe y para el lector. Sin ningún lugar a dudas una mención especialísima merece la Parroquia de San José Obrero del Polígono de Toledo.

Desde Garbayuela fui trasladado a Toledo. Confieso que con un poco de miedo pues ser cura rural a pasar a una ciudad, y más a un barrio tan especial en esos tiempos como el Polígono, me confundía un poco. Pasar del campo a la ciudad, a un Instituto, el Alfonso X el Sabio, a tener cientos de jóvenes, a vivir en un piso de una de las torres… Todo era nuevo.

Jesús Amparado de la Rocha era el Párroco a la sazón. Estaban también, aún siguen hoy, las Siervas del Evangelio y mucha gente todo el día trabajando y en grupos haciendo su pastoral de mil maneras. San José Obrero era una Parroquia especial. Era, en ese entonces, la Parroquia que más grupos tenía de toda la Ciudad de Toledo. Los días eran agotadores y aún por la noche había que seguir, en la casa, con jóvenes que siempre estaban activos.

Los campamentos, las convivencias, la oración, la catequesis… Pero una de las experiencias más bonitas, aunque no tengo fotos, fue la de realizar el Camino de Santiago con más de cien chicos y chicas y sus correspondientes familias. Os podéis imaginar la revolución que eso supuso en todo el barrio y las experiencias que se pueden contar con tanta gente a lo largo del camino. Vino D. Marcelo para hacer el envío. Era una calurosa tarde del mes de Julio. Yo no he sudado tanto en mi vida. D. Marcelo en la homilía dijo que en esa Parroquia no había forma de decir misa en esas condiciones. Os podéis imaginar a D. Marcelo.

El Instituto, las clases, la emisora de radio local del Polígono, las misas y la oración en las monjas… En fin, una experiencia agotadora.
 
 

Otra de las experiencias agotadoras fue Roma. Una noche de Agosto, mientras estábamos en “Pinocho”, una tienda de chuches del Polígono, a los jóvenes se les ocurrió decirme que “no había…” para irnos a Roma. A la mañana siguiente ya estábamos en la Fontana de Trevi, y además dentro del agua. Recuerdo que era el Mundial de España. Esto es mejor no contarlo. Y de allí a Venecia y vuelta a Toledo.

Gomi, Chusma, Hugo, El Pato, Julio y su esposa y yo. No quiero ni acordarme.

 

Y así, con otras muchas de estas locuras, como Fátima, Santiago, Valladolid, Granada…

 


Llegó el momento de partir a otro lugar no menos interesante. No había nada, ni Parroquia, ni casa, ni feligreses, excepto los fines de semana. Me refiero a lo que fundamos como Parroquia de Santa María Madre de la Iglesia de la Urbanización Calypo-Fado. Y en un año… se hizo todo.

Mi agradecimiento al Párroco de Casarrubios del Monte, Javier, a Dolores, que en paz descanse y a un grupito pequeño de colaboradores en todos los campos que hicimos cuanto pudimos, y algunas veces más de lo que se nos había encomendado.

Yo ya le venía reiterando al Sr. Cardenal mi intención de partir a misiones. Recuerdo la despedida de Calypo y la misa de envío que hizo D. Rafael Palmero y que fue retrasmitida por TVE. Lo mejor, había cientos de jóvenes.

 


Y ahora… ¿qué cuento de Perú?

Si lo escribo parecerá increíble.

Lo que más me costó, en todos los sentidos, fue la construcción del Seminario. Era un desierto y había que construir un lugar habitable para lo que era. Pero no puedo describir los esfuerzos de todo tipo. Claro que la cosa empezó mucho antes, cuando esa parte de Lima no era Diócesis. Al Papa se le ocurrió crear una Diócesis y mandarme un Obispo a vivir en casa, pero no había nada de nada. Lo único, un Obispo. ¿Y qué?

 

Y los girones de vida que allí se quedaron…

¿Nombramientos? Todos.

Pero en realidad era Párroco de Pachacamac, que era lo que me gustaba ser. Los demás eran sólo obligaciones que había que hacer y que alguien tenía que asumir. Me tocó a mí.

Canciller Secretario, Secretario Particular, Colegio de Consultores, Rector del Seminario.

Además de todo esto, era encargado de más de 12 Capillas en todo el Valle del Río Lurín. Comunidades que atendía todas las semanas una vez. Evidentemente también era el Director-Promotor del Colegio Parroquial Santísimo Salvador. Y otras cosas más.

Bueno, para entenderlo habría que vivirlo.

No se puede hablar de Santa Anita, Manzano, Rinconada, Quebrada Verde, Puente Lurín, Guayabo, Picapiedra, Manchay, San Juan, Tambo Inga, Santa Rosa de Mal Paso, Cardal, San Fernando… Para todos haría falta un apartado especial. Eso es imposible para lo que pretendo.

 


Cuando venía a España de vacaciones una de las cosas que más me hacían pensar en mi regreso eran mis sobrinos. Estaban creciendo demasiado deprisa y me estaba perdiendo algo importante. Incluso alguno cuando me veía lloraba porque no sabía quién era.

Fue ese verano.

 

Y un día, tras la visita del Cardenal D. Francisco, decidí que era la hora de partir. Además mi padre ya estaba mal y quería estar en esos últimos momentos de su vida.

La verdad es que me costó mucho esa decisión. Sólo Dios lo sabe.

Nada más llegar a España de nuevo, todo me parecía distinto, de otra manera. Diría que era un nuevo volver a empezar otra vez en casi todo.

Me mandaron a la Parroquia de El Buen Pastor a Toledo. Decían que para descansar mientras decidían mi destino definitivo. También me nombraron Capellán del Hospital Virgen de la Salud y del Hospital del Valle. Eso era para descansar….

Mi padre murió.

Después el Cardenal me pidió, en Navidad, que me encargara del pueblo cercano a Toledo de Cobisa. Para descansar.

Y me dio el “yuyu” por descansar.

Se iniciaron las obras de la Parroquia de Cobisa, los salones y la Casa Parroquial. Todo a la vez y en un año. Para descansar.

Y todo esto en medio de montón de problemas. Gracias a Vitoria a la que estaré siempre agradecido por tantas cosas. A Ramón, que era el Alcalde, y a un grupo de matrimonios que estuvieron a mi lado.

El día de la inauguración, ya estaba el Cardenal Cañizares, le pedí, por primera vez en mi vida, que me cambiaran o me dejaran descansar de verdad o se quedaban sin cura en un mes. Incluso la depresión llegó a mi vida de una forma galopante. Para eso no hay explicación. Tal vez fue el parón de la llegada del Perú, la muerte de mi padre, el exceso de trabajo, la mala alimentación, los disgusto… Vamos, todo junto y a la vez.

Los médicos hicieron todo cuanto podían y no encontraban ninguna explicación. El Doctor Delgado me trataba del estómago, y en realidad hizo de psiquiatra y de todo. Me puso el tratamiento y yo lo seguí un mes más o menos. Después tiré las pastillas al río y dejé de pensar en mí mismo. Hasta hoy.

Todo un año sin templo donde hacer la misa. Vitoria nos prestó durante un año su casa para hacer allí una magnífica iglesia. Aquí vemos el belén y sus nietos después de una misa de domingo.

“Los Tomases” y sus paellas en cualquier momento

 


Estado final. También restauración de imágenes y bancos nuevos. Todo.

D. Antonio Cañizares supo estar allí. Era la primera iglesia que inauguraba en la Diócesis, y aunque llegó tarde porque estaba en Madrid en la Conferencia Episcopal, llegó ya cuando anochecía.

“Sejo, mañana temprano te invito a desayunar y hablamos” Yo ya le había dicho que después de la inauguración quería descansar y salir de allí.

Tras mi conversación con él, donde me hizo algunas sugerencias y me hizo caso en mis apreciaciones, me dejó libre para “hacer lo que me diera la gana”, no sin antes sugerirme que Escalonilla quedaría libre y que con la condición de vivir con mi madre en Burujón, estaba a mi disposición. Pasaron dos días y le di la respuesta, pero sin condiciones.

Me señaló algunas características del pueblo y sus gentes y me recomendó que si no me veía con fuerzas ya sabía…

Y aquí estoy hoy después de casi ocho años.

Claro que, esta parte de la historia habrá que escribirla después, aunque mucho ya está en el diario parroquial para su memoria histórica.

Lo analizamos en Roma no hace mucho tiempo, me refiero a la vida parroquial de Escalonilla.

Algún día estas memorias tendrán una tercera parte.

 


Pero para terminar, y aunque sólo sea enumerar, digamos algo de las actividades que en este momento me vienen a la memoria, durante mi estancia en Escalonilla.

  • Toma de Posesión por el Sr. Cardenal D. Antonio Cañizares el 24 de Septiembre del 2003.
  • Reformas y acondicionamiento de la Casa Parroquial.
  • Misión Parroquial. (Agradecimiento a Mari de Miguel)
  • Reuniones de Formación Bíblica-Espiritual- Eclesial.
  • Peregrinaciones:    Guadalupe

Fátima

Javier

Roma

Lurdes

Tierra Santa

Valencia con el Papa

Turquía

Publicaciones históricas sobre Escalonilla.

Página Web y hojas parroquiales

Etc.

  • Restauraciones de Patrimonio.
  • Ermitas de la Estrella y Soledad.
  • Instalación eléctrica, puertas, vidrieras, alarmas…

Bueno sólo por enumerar algo. Seguro que alguien pensará que también se hicieron algunas cosas mal. Es lógico, pero vistas con la distancia que nos da el tiempo, se podrán un día juzgar. No es el momento ni la ocasión.

Y termino como empecé: Si después de estos retazos de mi vida me siguen queriendo por ser como soy le doy gracias a Dios, y si no pues que cada uno se atreva a escribir sobre él mismo y sea su propio juez.

 

A ti, que Dios y el destino te pusieron en mi camino, gracias. Sencillamente gracias por haberte conocido y por lo que he podido aprender de ti.

Gracias por soportarme y quererme tal y como soy. Y si Dios lo sigue permitiendo, que nuestros caminos se crucen para poder seguir compartiendo la alegría de la fe y de mi sacerdocio.

Gracias a todos por haberme leído, y si habéis entendido el mensaje subliminar que he establecido, mucho mejor.

Gracias desde el corazón al cumplirse mis 25 años de sacerdocio. Rezad por mí.

 

Jesús López Muñoz

Sacerdote

“Señor, aquí estoy. Envíame en tu nombre y desde la cumbre me lanzaré al vacío de seguirte apasionadamente”.