Apuntes Biográficos (Incluye Segunda Parte)

Indice de artículos

 

 

Han pasado muchos años como para traer todo a la memoria. Lo hago en la medida en que recuerdo, y si recordar es vivir otra vez, amo la vida tanto como para empezar de nuevo sin arrepentirme de nada.

 

 

Gerardo Muñoz García                 Segunda García Gómez

Mis abuelos. Los padres de mi madre.
 
Mi tío Fernando a la izquierda, mi abuela Mariana en el centro y mi padre a la derecha. (Mi abuela, la madre de mi padre) De mi abuelo Miguel no recuerdo ninguna fotografía, aunque mi madre dice que la hay.
 

“De raza le viene al galgo”. A mi padre, hasta los últimos días de su vida le han gustado los toros. Confieso que me gustan, aunque nunca me he vestido de torero. Creo que algún sobrino también ha recibido esta herencia.

Esta es la fotografía de más niño que tengo y que recuerdo. En ella estamos mi hermano Esteban y yo en el “Camino Torrijos”. Nuestro perro “cohete” siempre estaba con nosotros. No había muchas cámaras entonces ni buenos fotógrafos. Confieso que de esta época recuerdo muy poco. Me vienen algunas cosas a la cabeza pero no sé si son ficción o realidad. Mientras recuerdo seguiré con lo que no tiene duda.

Mi madre se llama Paulina Muñoz García, es hija de Gerardo y Segunda, natural de Navas de Estena en la provincia de Ciudad Real. Mis abuelos tuvieron cinco hijos, aunque tengo entendido a mi madre que fueron más y que alguno murió de muy temprana edad.

Hablar de una madre siempre es complicado porque seguramente nos cegaría la pasión de hijos, pero mi madre, como muchas mujeres de su época sólo ha sabido trabajar duro para sacar sus seis hijos adelante. Como dice aún ella “trabajar con la tripa en el suelo para que nos dieran un cacho de pan”. De esto tal vez hable más adelante.

Esteban López Asfalto, mi padre. Ya no está entre nosotros.

 

Mi padre es hijo de Miguel y María Ana, y sólo fueron dos hermanos, él y Fernando.

 

Tractorista de profesión como único título académico. Yo le recuerdo con una bicicleta, pero más con una moto que aún existe, una rieju. Sin ciencia y sin letras. Un humilde trabajador.

 

Siempre, la historia personal, está unida a la de una familia. Tal vez nos hubiera gustado que fuese de otra manera, pero eso nosotros no lo elegimos. Los amigos en la vida, de una manera u otra los vamos eligiendo. La familia nos es dada. En último término es Dios el que comienza de esta forma en nosotros la “obra buena” y es Él el que a lo largo de nuestra historia personal la lleva a término.

 

Familia, personas, recuerdos, experiencias, trabajos, ilusiones, fracasos, buenas y malas experiencias forman parte de ese libro de la vida en el que Dios y nosotros escribimos cada instante del latir de nuestro corazón.

 

 

Ahora sí conviene recordar, aunque seguramente algunos de mis hermanos puedan tener más datos que yo al respecto. Escribo lo que recuerdo que cuenta mi madre y contaba mi padre. Alomejor no soy preciso pero más o menos era así…

 

Mi padre trabajaba en una finca de uno de los terratenientes (ahora lo llamamos con este nombre, pero antes no era así) de Navas de Estena, hoy conocido como Parque Natural de Cabañeros. La finca del “Tío Calvillo”. Mi madre vivía en Navas de Estena. Se conocieron en algunas fiestas. Mi madre estaba siempre alegre y dicen que era, junto con su hermano Emerenciano, la más “bailaora” de todo el pueblo. Una muchacha espigada, más bien delgada, que a sus 18 años más o menos conquistó al joven tractorista.

 

Recuerdo que mi madre cuenta que para ir al baile se quitaban las zapatillas para que no se ensuciaran en el camino. En realidad era porque no tenía otras.

 

Contaba mi padre que desde Burujón algunas veces iba a verla hasta Navas de Estena. Cuando la carretera era mala de piedra y había que subir el Risco de las Paradas. El decía que eso era un martirio tener que cargar con la bicicleta y mi madre encima.

 

Se casaron, no recuerdo la fecha, en la iglesia de Navas de Estena. El mismo día de la boda mí padre y algunos amigos de Burujón fueron en uno de esos coches que tardaban un montón en llegar y había que parar cien veces por el camino. Se lo pasaron muy bien según contaban después en sus tertulias donde recordaban por las noches al fresco de la calle hasta el nombre del “taxista” y de los amigos de la infancia. La luna de miel fue en una casa de la sierra donde no había de nada. Sólo pena, silencio y soledad.

 

 
 

Al poco tiempo, mi madre ya embarazada de mi hermano Miguel deciden venirse a Burujón donde parecía que el niño podría tener más posibilidades. No tenían casa ni nada. Sólo sus manos para trabajar.

 

Mi madre trabajaba con la tripa en el suelo y al final del día la daban un par de huevos y un tazón de aceitunas. Mi padre, más o menos lo mismo. Pero por lo menos era algo. Allí en Navas después de hacer picón todo el día no tenían nada.

 

Así llegó al mundo mi hermano Miguel.