Apuntes Biográficos (Incluye Segunda Parte)

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Y es aquí donde comienza mi historia…

Tengo entendido que mis padres regresaron a Navas de Estena. Lo que no estoy seguro es de para qué. No sé si a trabajar nuevamente o a ver a una tía mía… Creo que es por lo primero, o por lo menos así lo deduzco de lo que me contaron.

Vivían en una casa solitaria y perdida en medio del monte. No había luz ni agua ni casi nada de comer. Mi madre se pasaba los días enteros sola en la casa haciendo las cosas que tenían que hacer las mujeres de antes. Por la noche llegaba mi padre del campo. La única compañía para mi madre era la de mi pequeño hermano mayor. Cuenta que pasaba mucho miedo pues en la sierra en esa época andaban los “los maquis”. Los conocidos como “hombres de la sierra”. Mi madre de jovencita ya había visto algunos de estos casos, incluso aún nos cuenta y canta la canción del “manco de Agudo” y de un amigo cabrero que apareció muerto en el chozo quemado. Mi abuelo, su padre, y su hermano, mi tío Emerenciano habían estado presos en la cárcel de Ciudad Real donde iban a verlos andando mi abuela y mi madre. Parece increíble pero así lo hacían cada semana para llevarles ropa y comida. Y creo que todo fue por no querer cortar un nogal…

Hacía mucho frío. Nevaba a eso del medio día…

Mi madre presintió que yo quería nacer. Había que bajar al pueblo porque en la casa del monte no había nadie que atendiera en el parto ni condiciones para el nacimiento.

En una borrica se pusieron en camino y al llegar a la casilla de camineros, mi madre no podía más. Casi nazco allí mismo. Pero llegaron al pueblo a casa de la tía Pola, y allí vine al mundo un 8 de mayo de 1958. En un “pollo” junto a la lumbre y en una vieja cama. La casa y la cama aún existen tal cual estaban.

La tía Pola ha sido la mujer más comunista de la zona que estuvo en la cárcel media vida incluso con Dolores Ibárruri, la Pasionaria. Cuando esta mujer estaba bien, yo la he conocido, le hacía rabiar diciéndola que por ser comunista había nacido un cura en su casa. Es una mujer especial con una experiencia muy dura de la vida.

 

El 18 de mayo de 1958 me bautizaron en la Parroquia de Nuestra Señora de la Antigua de Navas de Estena. Allí nací a la vida y nací a la fe. Mis padres me pusieron por nombre Jesús. Nunca le he preguntado por qué, aunque creo saberlo.

 

 

Inmediatamente después regresaron ya definitivamente a Burujón para quedarse.

 

Mi nacimiento, mis raíces, fueron en Navas de Estena. Mi infancia y toda mi vida, mis recuerdos y experiencias, en Burujón.

Mis recuerdos son de la casa de la calle Torrijos número 1. Una casa muy pequeña, creo que con el dormitorio de mis padres y otro más, un pasillo y una cocina de tierra, un patio estrecho y una especie de pajar al fondo donde había un pozo compartido con la “tía Polonita”. Recuerdo que no había frigorífico y en el pozo en una cesta se metían las cosas para que se mantuvieran frescas. Una lumbre de paja en el suelo donde siempre había un puchero y poco más de mobiliario. Vamos, una casa de pobres. Tan pobre que jugábamos al clavo en el suelo.

Recuerdo que por las mañanas en verano o cuando hacía buen tiempo, nos daba mi madre un tazón de leche ensopada y con él a la “porla”, en el suelo, que era de cemento.

En la misma cama dormíamos dos, y luego tres… y después en un colchón en el suelo. Y cuando para San Pantaleón venía la familia, todos en el pasillo o en el patio en mantas o como se podía.

Es evidente que mis padres tenían que trabajar. Y lo hacían en el campo normalmente. Recuerdo que en uno de esos días que ellos no estaban, jugábamos en la cocina. Mi abuela María Ana se cruzó en nuestro camino y… al suelo. Se rompió una cadera que después fue su muerte. Dicen, pero yo no lo recuerdo que tropezó conmigo. Lo siento.

Eso fue un problema para la economía familiar. Mi madre ahora tenía que quedarse en casa para cuidarla, y además era muy “guerrera”. Pero recuerdo que mi madre siempre la cuidó exquisitamente, aunque algunas veces perdía la paciencia.

Además de jugar con mis hermanos, era evidente que también tenía amigos de esa infancia, aunque me parece que ellos siempre estaban en mejores condiciones económicas y todo que yo. Como que sentía algo de envidia. Era normal. Recuerdo a Enrique, Jesús, Agustín el de la Pura, Paco “el tonto”, algún hijo de “la Churra”, Carlos el de la “tía francisca”, la Rosario su hermana…. Todos los del barrio. Aunque estoy seguro que me dejo alguien.

Diríamos que mi infancia transcurría feliz como la de cualquier niño de la época y con los medios con los que se contaba para ser feliz. No había nada que destacar de relevancia. Jugábamos en los chopos del tío Silvestre al escondite y creo que allí fue donde me fumé el primer cigarro de mentira. Era de papel pero hacía mucho humo. Allí estaba Satur y alguno más. En las tardes de verano en la siesta era una gozada estar a la sombra de los chopos en el arroyo. Satur era tan pequeño que recuerdo que una vez se coló por un albañal y se escondió en un saco de pienso mientras medio pueblo le buscaba. Creo que era por no ir a la escuela, que además nos gustaba poco a ninguno. Esto causó muchos dolores de cabeza a mi madre. Yo hacía que salía para la escuela, que no estaba muy lejos de casa, pero en realidad no entraba y me quedaba en el arroyo jugando o escondido toda la mañana, al final del pueblo, pero al lado contrario de donde estaba la escuela. Allí pasaba el tiempo haciendo no sé el qué hasta que a la hora de salir de la escuela me ponía en ristre otra vez a la casa. Recuerdo que esto me costó más de una paliza, algún sofoco y pasarme algún rato largo encerrado en la pocilga. Qué mal lo pasaba esos ratos. No me gustaba la escuela.

D. Juan intentaba hacer la clase agradable, se vestía de payaso con una sartén en la cabeza. En la escuela había ratoneras a las que metíamos tizas para que se las comieran los ratones. Mi abuela Segunda nos llevaba un ladrillo caliente las mañanas de invierno para calentarnos los pies. Al lado de la escuela había una farmacia de las de antes donde había un poco de todo. No recuerdo el nombre de quien la regentaba, pero sí sé que era una mujer pequeñita y menuda que nos daba parches para el pecho cuando estábamos constipados. Salíamos al recreo a lo que hoy es la Plaza de España.

En esa misma escuela nos dio clase D. Eugenio, un maestro muy chiquitito de estatura, aunque la inmensa mayoría de las veces las clases nos las daba su mujer “Doña Enseña”. No tenía ni idea pero con una vara de mimbre en la mano nos mantenía toda la mañana en el pupitre. En la ventana se ponía la bandera y se cantaba en posición de firmes el cara al sol.

Así transcurría mi inconsciente infancia…

Mi padre los domingos iba al bar a echar la partida. Pedíamos la paga, que como además estaba el tío Vicentón, pues siempre caía alguna perra gorda con la que comprábamos pipas y algún regaliz en el puesto de la tía juliana. Me viene a la memoria la tía Blasa como si también tuviera un puesto de algo pero no estoy muy seguro.

Los domingos, aún estaba la iglesia vieja, íbamos a misa. Había que subir unas escaleras, luego había un jardín y después se entraba por un lateral. Los recuerdos son muy vagos de este lugar. Sólo recuerdo el púlpito donde predicaba el cura, una casa de enfrente con dos escaleras laterales, que eran los salones parroquiales, y la casa del cura un poco  más debajo de la iglesia. Al poco tiempo ya se hizo la iglesia nueva, que es de donde recuerdo más cosas. El cura era D. Antonio Galán Fernández-Talavera.

Mi padre tendría más recuerdos de él. Le gustaba mucho la caza. Yo recuerdo que en la escuela nos enseñó a boxear. Era tan bruto que boxeaba con nosotros que éramos niños, y nos dejaba siempre por los suelos y con las narices rotas. Esto le acarreó más de un problema con los padres, también con el mío que casi le pega por haberme roto el labio superior y llegar sangrando a casa. Cuando aparecía en la escuela nos daba miedo. Y peor fue en la matanza en casa del tío Marciano y la tía Carmen donde, como era el cura y allí mandaba él, nos puso la cara llena de sangre del cerdo y mi padre se encaró con él. Encararse con el cura en esta época era toda una proeza.

Recuerdo que fue D. Antonio el que vendió la iglesia para hacer otra nueva. Aún no lo entiendo.

La razón era que como Franco pasaba de caza a la finca de Alcubillete paraba allí, donde está ahora la iglesia, que le pillaba menos a tras mano. No lo entendí ni lo entiendo aún, pero forma parte de esta historia.

Otro recuerdo que fue un acontecimiento grande para nosotros fue la llegada de unos helicópteros a la era. Muy cerca de las escuelas nuevas, donde hoy es la casa de mi hermana Rosario. Venían porque en Madrid había habido un accidente cuando la gente de Burujón se desplazaba a Madrid a trabajar, casi todos los hombres. Entre los accidentados estaba mi tío Julián, el marido de mi tía Bernarda y algún muerto. Creo que el tío “Chavó”.

Después de D. Antonio Galán llegó a la Parroquia D. Próculo. Con ese nombre se daban muchas confusiones y bromeábamos con él que se ponía de malas pulgas.

 

Yo era aún pequeño… aunque no recuerdo la edad.

Era monaguillo, de eso sí me acuerdo. D. Próculo nos llevaba los sábados a la misa de Alcubillete. Para nosotros eso era un premio y todos queríamos ir. Después de misa nos daban de merendar, y eso para un niño acostumbrado a una onza de chocolate era todo un lujo. Los salones, las estancias, las criadas poniéndonos de todo. Vamos, todo un lujo.

Era un domingo, pero desde una semana antes la carretera estaba llena de guardias civiles. Era la señal de que pasaría Franco de caza. Nos hacían hacer en la escuela banderines y otras cosas para saludarle a su paso, pero pasaba tan rápido y sin saber en qué coche estaba, que nos quedábamos peor que antes de pasar. Pero como era domingo, Franco escuchaba misa. D. Próculo nos llevó a todos. Nos pusieron en fila y nos saludó Franco dándonos un billete de 20 duros. Para unos niños como nosotros eso de ver a Franco y saludarle era como “ver a Dios” y si encima te daba 20 duros ya era el colmo de los colmos. Toda la misa estuvimos sin movernos. Era la advertencia del cura. A Franco no se le podía mirar mientras la misa. Estaba en un sillón rojo parecido a un trono, en la parte más cercana al altar encima del presbiterio. Lo que sí recuerdo bien es que para la misa lucía uniforme militar, aunque después le vimos con otro para salir de caza. Creo recordar que ese día fue lo de la famosa “Marcha Verde”. Pero no estoy muy seguro del todo.

 

Después fuimos Alcubillete muchas veces más…

 

Aún recuerdo de esa época a otro maestro que hizo huella en mí. D. Adolfo Lázaro, natural de Vargas y que como buen vargueño nos enseñó en trabajos manuales a fabricar cofres y otras cosas. Aún creo que queda alguno por mi casa.

Esta es una de esas fotografías perdidas y aparecidas después de muchos años. En ella estamos mi hermano Miguel a la derecha, mi hermana Rosario presumiendo de triciclo y yo a la izquierda. Creo que la fotografía está plasmada en la puerta de lo que era el palacio, y tengo la sensación de que el triciclo no era nuestro sino del fotógrafo.

Seguro que eran las fiestas de San Pantaleón.