Apuntes Biográficos (Incluye Segunda Parte)

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Pero llegaba el tiempo de trabajar…

Antes de este trabajo, en las molduras de Torrijos, ya había hecho otras cosas. La peor fue la de espantar chovas en Torralba o Alita, ir a coger guisantes con mi madre, etc. Ninguno me gustaba y además en el campo solo pasaba mucho miedo. Pero arrancando o cogiendo tomates era muy malo. Me tenían que ayudar porque no daba ni golpe y me quedaba siempre atrás. Era sólo un niño.

Una vez mi padre me dejó solo en medio del campo en Buhadilla, donde estaba la tía Berna siempre en la cocina. Pasé tanto miedo que cuando vi a un pastor, se llamaba Tomás, salí corriendo para hablar con él y ya no regresé al curro. Me despidieron porque las grajas se comieron todos los guisantes.

La cuestión es que el campo no me gustaba, pero tampoco sabía nada como para ponerme a trabajar en un banco…

 

Una tarde mi padre que trabajaba en Torralba nos llevó a todos a dormir en la era. Había tantos pícateles que se le ocurrió poner un plástico por encima del remolque donde dormíamos… a eso de la media noche casi nos asfixiamos. Salimos de allí por patas pero fue peor el remedio que la enfermedad. Los mosquitos nos comían. Toda la noche sin dormir.

Creo que fue antes. Me parece que en la finca de “Ciguarrás”. De ese momento yo sólo recuerdo las culebras y algunas cosas muy esporádicas como al tío Julián, los pastores, el electricista que creo que se llamaba Tomás. Pocas cosas más. Además dicen que yo era “patarrín”. No recuerdo nada.

Aún era pequeño cuando mi padre encontró un trabajo en una fina al lado de Toledo. Se llamaba “Calabazas”. Recuerdo el camión con los pocos muebles que tenían llegando a la finca. Los dueños vivían en una gran casa pero a nosotros nos mandaron a una pequeña y al lado del río Tajo. A los pocos días creció tanto el río que el agua por la noche entró en la casa. Con las mismas mi padre mandó llamar el camión y vuelta a Burujón esa misma mañana. En el camino nos paró la Guardia Civil y en el camión estábamos todos bien calladitos para que no nos vieran. Ni respirar, nos dijo mi padre.

 

Así, de esta manera fui creciendo. Seguro que mis hermanos recuerdan muchas más cosas. La verdad es que no me gustaría omitirlas, pero sencillamente en este momento no las recuerdo. Ellos, mis hermanos y alguna vecina dicen que de pequeño cogía un cajón de los tomates, le ponía algo por encima y “decía misa”. No lo sé.

 

Crecí, y como ya he dicho, el campo no era para mí. Tal vez porque veía los sacrificios de mis padres y lo que les costaba todo el día de sol a sol.

 

Me buscaron un trabajo en las molduras de Torrijos. No recuerdo muchos nombres, sí el de Felipe que fue en esa época un gran amigo. El puesto que me dieron fue el de tornero, y así pasé algunos años. Recuerdo que no era malo en el trabajo y que todos me querían. Era un mundo nuevo para mí. Hasta el jefe me hablaba siempre con mucho cariño y respeto. Le recuerdo aún aunque no se su nombre. La fábrica estaba junto a la vía del tren y recuerdo que sabíamos de memoria a qué hora pasaba cada uno. Más que nada por la hora de terminar o del descanso para el bocadillo.

Como se puede ver, mi infancia y mi juventud son recuerdos. Recuerdos que nadie excepto el que los ha vivido puede recordar. Y si recordar en vivir otra vez, es la vida la que en un momento determinado sale nuevamente a nuestro encuentro. La vida es eso, un libro con las páginas en blanco que te entregan cuando naces y que vas escribiendo poco a poco irremediablemente. No hay que borrar nada, no hay que arrancar ninguna página. Hay que entregarlo al final para el examen último.

También es verdad que en esta época realicé otros trabajos. Tal vez los que la gente más recuerde de mí. También fui cobrador de autobuses. Con Fernando Álvarez y con Ancos pasé algún tiempo. La verdad es que fue un tiempo bueno, aunque había que madrugar mucho. De mi pueblo salían tres autocares a Madrid todos los días de hombres que trabajaban en la construcción. Yo tenía que pasar por los tres y lógicamente tenía que apearme de uno y esperar al siguiente a pié de carretera. Fue así como viví la muerte de Franco. Recuerdo que estaba en Novés esperando al siguiente autocar. Serían las cinco y media más o menos de la mañana. Y desde allí mismo nos regresamos al pueblo. No se sabía cómo estaría Madrid a esas horas y con ese acontecimiento histórico.

Después de estar con Fernando me incorporé a la plantilla de Ancos. Era otro trabajo. Se trataba sólo de estudiantes y colegios de Toledo. Eso me ofrecía la posibilidad de poder hacer algo en el tiempo libre y relacionarme más con los demás. Así conocí al Jesús Cudero, hoy en el Poder Judicial, Alberto San Román, por entonces vivía aún su padre, José Luis Mareque, y otros muchos…

Pero esto suponía que tenía que quedarme a vivir en Toledo. Los padres de Jesús Cudero me daban de comer muchos días. La cena, si es que cenaba, me la hacía yo en lo que era mi pensión. Una habitación que servía para todo y un aseo sin ducha más pequeño que yo. O sea, que algunos días salía a tomarme algo a un bar y con eso ya cenaba. La cuestión era no estar solo y encerrado en aquella habitación. La pensión estaba en la Plaza de Montalbanes y era una casa de la tía Magdalena de mi pueblo, que había sido toda la vida hospedaje.

Fue allí donde decidí hacer “algo”. Yo estaba destinado en la Academia de Infantería. Eso me posibilitaba estar en la ciudad y disfrutar del “pase pernocta” para trabajar algo y poder estudiar alguna cosa.

Los fines de semana normalmente venía a Burujón. En realidad allí estaban mis padres, mis hermanos y mis amigos de la infancia. Pero confieso que Toledo ya me tiraba porque allí estaba conociendo nueva gente y me atraía más la posibilidad de poder hacer algo. No es que renunciara a mi pasado. Sencillamente era otra cosa.

Aún regresaba porque funcionaba lo de los planteles de Extensión Agraria (había hecho un curso de capacitación agraria en Tomelloso al que también fue Pedro Luis) y de vez en cuando organizábamos un teatro. Estaban comenzando las semanas de la juventud y nos reuníamos en lo que hoy es la capilla de San Pantaleón. Tal vez estos fueron mis últimos años de estar en el pueblo permanentemente. Además a esa edad, creo, ya salía con una chica. Aunque salir en esa época era o comer pipas en la plaza o pasear por la carretera. Poco más.

Yo no sé cuántas obras de teatro hicimos pero fueron muchas. Siempre estaba allí. No sé cómo me las arreglaba pero cuando pensaba que ya no haría más siempre me lo sugerían y yo aceptaba gustoso. Así que a la semana siguiente había que venir a los ensayos. La verdad es que me gustaba.

 

Omito los nombres de tantos y tantos chicos y chicas de aquella época porque creo que éramos casi todos los jóvenes de ese tiempo los que estábamos implicados en estas cosas culturales. Unos hacían de actores, pero otros muchos hacían otro montón de cosas. Eran los tiempos de D. Luciano, de Esteban, de D. Próculo y D. Eladio el que sigue siendo cura de Noves después de más de treinta años y el inolvidable D. Aniceto. En fin, tampoco había otras cosas que hacer más importantes.

 

Poco a poco el tiempo se me quedaba corto para poder hacer tantas cosas, y casi sin darme cuenta fui rompiendo con esa etapa para entrar en otra no más novedosa pero sí de más compromiso y pensando un poco en mi futuro personal.