Apuntes Biográficos (Incluye Segunda Parte)

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La Academia, los teatros, los fines de semana, los amigos. Eran demasiadas cosas para poder tener tiempo para todas.

Aún estando en la mili también por las noches estaba en las Damas Catequistas en unos cursos de actualización de bachillerato. Estaba retrasado en todo. O dedicaba más tiempo a esto o me pasaría lo de siempre. Por las mañanas en la Academia de Infantería, al medio día los autocares de los colegios, por las tardes estudiaba también en el colegio de Santa Bárbara, “Ángel del Alcázar” y por la noche en las Damas Catequistas. Era demasiado pero había que hacerlo. Así, poco a poco fui rompiendo con Burujón y con todo lo que había supuesto en esa etapa de mi vida.

En la mili había que tomar decisiones. Decisiones que estuvieron marcadas por lo siguiente. Uno de mis mejores amigos, Jesús Gómez Pérez, era el único con el que allí tenía confianza para hablar de todo.

Él alguna vez me sugirió que dadas mis condiciones podría pensar lo de dedicar mi vida a los demás. De él tengo muy buenos recuerdos, aunque jamás le he vuelto a ver.

 

También me escribía con las monjas clarisas de San Diego de Alcalá de Henares, donde había cinco religiosas de Burujón. La carta la he perdido pero en una de ellas me recomendaban dedicar mi vida a Jesucristo.
 

 

Pero lo que fue realmente decisivo fue la relación con mis amigos de Toledo que por ese entonces estaban en la Parroquia de San Nicolás de Bari. Allí estaba de Párroco D. Felipe González, al que yo veía frecuentemente y con el que hice mi primera confesión después de mucho tiempo. Esto ocurría un 14 de Septiembre. Recuerdo que nos pasamos la noche hablando y fumando hasta el amanecer.

Fue a D. Felipe al que le comuniqué el primero que quería intentar saber si Dios me llamaba o no. Intentó conocerme y me invitó a participar en los grupos parroquiales donde además estaban mis amigos.

Allí en la Parroquia hice mis primeros pinitos pastorales participando en los campamentos. En ese entonces la Parroquia de San Nicolás contaba con unas buenas instalaciones en el maravilloso pueblo de Piedra Escrita.

Allí, en los veranos conocí mucha gente y lo pasaba de maravilla. Eso era lo que me gustaba, lo que tal vez había estado esperando toda la vida. Paco Ventura, el “gran Paco”, Paco Cerro, hoy Obispo de Coria en Cáceres, Alfonso Fernández Benito, Jesús, no recuerdo el apellido pero sí su cara, y otros muchos que luego acompañaron mi camino vocacional posterior.

Recuerdo las actividades, la piscina, las marchas a las Chorreras, el ir a comprar los víveres a otros pueblos, las pistas, los fuegos de campamento por la noche y viendo las estrellas, la firma en el libro que había en una lata de membrillo de las Chorreras, el calor tórrido del medio día, las picaduras de los mosquitos, algún accidente que otro, pero fundamentalmente la misa por las tardes en aquella iglesia oscura y fresquita donde veíamos a la Virgen tan pequeñita y oscura, y las cerámicas, y las pinturas… y el olor inconfundible a jara. Una morera, o un álamo inmenso, no recuerdo bien qué era, estaba a la puerta de la iglesia y nos cobijaba del calor del medio día. Enfrente vivía una señora que atendía la iglesia y tenía cientos de detalles con nosotros, especialmente conmigo. No me acuerdo de su nombre.

A uno de esos campamentos también fueron chicos de mi pueblo, me refiero a Burujón. Para mí aquello suponía mucho. Ángel Bienayas, Prudi, Marcos y alguno más.