Apuntes Biográficos (Incluye Segunda Parte)

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Y llegó la hora de ingresar en el Seminario….

 

Había que decírselo a mis padres, a mis hermanos y a los amigos de esa época. No todos reaccionaron igual. Unos decían “ya lo sabía yo”, otros se sorprendían de la decisión y algunos se oponían. Incluso se atrevían a decir: “tú lo que no quieres es trabajar”. Como si ser cura fuera cosa de vagos. Ya te digo.

Omito personas y comentarios que no lo entendieron jamás y que tal vez lo vieron como una forma de desprecio. Confieso que eso no fue así, pero tampoco me empeñaré en intentar explicar lo inexplicable cuando se trata de una llamada de Dios.

Jura de Bandera y Diploma de Honor

 

Y aquí

Comienza otra historia

Una declaración de amor

Por parte de dios

El seminario

 

Sólo lo entiende el que la siente y posee la fuerza que da el estar seguro de que es Dios el que llama.

No, el primer año nunca es fácil. Teniendo en cuenta que yo venía del mundo y meterte de pronto todo el día en una habitación a estudiar “cosas raras” no resultaba fácil. Además, yo soy súper melancólico, en las tardes de soledad asomado al río pensaba si la decisión habría sido la correcta.

 

Rito de admisión  (17-XII-1982)

 

Lectorado   (19-XII-1983)

 

Acolitado   (14-V-1984)

 

Diaconado   (16-VII-1984)

 

Presbiterado  (14-VII-1985)

 

Primera misa  (15-VII-1985)

 

 

A lo largo de la vida me han pedido muchas veces y en distintos lugares que cuente la historia de mi vocación. En parte ya está contada en el capítulo antecedente. Dios no hace nada en nuestra historia personal sin contar con nuestra libertad. El pasado, la familia, los amigos… todo es parte de esa historia de amor por parte de Dios con cada uno de nosotros. Estamos configurados por nuestro pasado, por nuestras experiencias personales y por la tierra en la que nacimos. No podemos arrancarnos nada, es más, Dios utiliza ese barro para hacer un cántaro nuevo. La vocación al sacerdocio es puro don, pura gracia de Dios que ningún llamado merece.

Por qué fue así y no de otra manera es cuestión que sólo le corresponde al que llama y al que envía. Él sabe bien a quien ha elegido y yo sé bien de quien me he fiado y en quien tengo puesta mi esperanza. Una esperanza que no defrauda jamás.

Un muchacho alegre, inquieto, guapo, a esa edad lo es casi todo el mundo, y según muchos un “trasto”. Un muchacho de pueblo y de una familia de las más humildes como ya ha quedado reflejado y poco estudiante y nada preparado para esa “empresa” que el Maestro quería iniciar en mí. Hoy sé y está claro que Dios elige lo miserable de este mundo para confundir a los que se creen que son algo.

Qué sería yo si no hubiera sido cura? No lo sé, pero de lo que sí estoy completamente seguro es de que no se ser otra cosa que cura. Cura y nada más que eso.

Dios llama a quien quiere y como quiere. Un día paseando por la carretera de mi pueblo, y teniendo la posibilidad de poder hacer lo que hacían todos los jóvenes de mi edad en ese tiempo con una chica, me pareció sentir que Dios me decía: “Tú no, tú eres para mí…” O algo así.

Sentí miedo.

Es verdad que me cuentan que cuando era un niño decía misa de mentira encima de un cajón, pero eso no hubiera supuesto nada si Dios no se hubiera fijado en mí.

En el fondo de mi corazón yo quería dedicar mi vida a los demás, hacer algo que supusiera darme a mí mismo. Ignoro por qué razón pero todo lo tenía casi en contra. Nadie me creía, nadie apostaba por mí porque estaban convencidos de perder esa partida. Lo peor es que no me creía ni D. Próculo, que a la sazón era el Párroco en ese momento. Esto suponía un obstáculo muy grande porque sin permiso del Párroco no podía iniciar mi camino vocacional. Él a toda costa decía que yo tenía que ser como los demás, echarme novia y casarme. Cuando hablaba con él de este tema siempre estaba de malas pulgas y nunca profundizaba en el tema. La verdad es que nunca le entendí.

Fue D. Felipe el que apostó por el Sejo. Habló con D. Próculo, con mis padres y… el camino empezó a enderezarse. D. Felipe es uno de esos curas a los cuales siempre estaré agradecido, y que además fue mi director espiritual durante gran parte de mi senda vocacional. Él merecería todo un capítulo aparte, pero obviamente ese campo pertenece al espíritu y es obligatorio omitirlo. Gracias Felipe.

Una tarde de domingo me despedí, en contra de Próculo, para variar, de la chica con la que salía, y de los amigos más íntimos. A él no se le ocurrió tener ni una palabra de aliento ni ir alguna vez al seminario a verme. Y que conste que escribo esto, pero hoy, hermano en el sacerdocio, le quiero.

Antonio “el gordo” me hizo una apuesta. Antes de un año estas aquí otra vez, me decía. Les dejé una pequeña cadenita de oro como recuerdo y el día de mi primera misa me la dieron otra vez. Recuerdo que fue emocionante. Pablo, Antonio, Pedro Luis, Carmen, Geno, Satur… el día de mi primera misa llorando de alegría.

A D. Próculo le cambiaron de destino y llegó D. Bernardino Castro Gorgojo. Eso ya era otra cosa. Se preocupó por mí, incluso económicamente, me confesaba en los veranos y en vacaciones, me ayudaba en todo y cuando él no estaba me dejaba las llaves de la iglesia para que fuera a rezar o hacer la visita al Santísimo. D. Bernardino es el cura de mi Ordenación, es el cura de mi pueblo durante casi todo mi tiempo en el Seminario.

Nuestro primer año

Los que empezamos en 1º de filosofía

Mi primera Navidad en el Seminario. Creo que desde el principio siempre me tocaba hacer algo. La primera vez fue presentar la velada de esa noche. Creo que asistía el Sr. Cardenal D. Marcelo, y como nadie se atrevía, pues ala, el Sejo a la palestra. Me sirvió para “perderle el miedo” siempre a D. Marcelo, y además como yo fumaba ducados, de vez en cuando me pedía un cigarro.