Apuntes Biográficos (Incluye Segunda Parte)

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En esta parte no me entretendré demasiado. Creo que las imágenes serán, en este caso, lo que pueda decir más que “mil palabras”.

Confieso que se me hace difícil recordar tantas y tantas cosas, fundamentalmente personas, que han hecho que mi vida pastoral estuviera influenciada por todos y cada uno.

Cuando cierro los ojos soy capaz de recordar hasta conversaciones, pero cuando me pongo a escribir pareciera que se hace una barrera que impide plasmarlo en palabras.

Es posible que me hicieran falta muchas más páginas de las empleadas hasta este punto, pero también muchos más años de los vividos para poder recordar, escribir y agradecer lo ya pasado.

Cuanto más pasa el tiempo mejor comprendo que la vocación es una auténtica historia de amor por parte de Dios. Yo solo no habría podido ni sabido.

El Cardenal Marcelo y el Papa Juan Pablo II son sin duda esas dos personas que marcaron mi vida. Efectivamente no habrá palabras para reflejar lo que pusieron en mi alma y lo que después he intentado practicar. D. Marcelo porque me ordenó sacerdote y muchas cosas más. Alguna quedará reflejada en estas memorias, pero la mayoría estarán escritas para siempre en el corazón y en el amor. Juan Pablo II porque me abrazó, pronunció mi nombre y me ayudó con sus palabras a ser un “cura loco”, impulsivo, alegre, trabajador, entregado y amante de mi vocación aún en medio de las dificultades pastorales y personales.

La Madre Teresa de Calcuta un día me dijo viniendo del aeropuerto al seminario, que “para entregarme a los más pobres tendría que mirar a mi alrededor sin ir muy lejos…” Estas palabras fueron proféticas hace ya mucho tiempo.

Ya antes de la ordenación sacerdotal, en una de las visitas a Roma, Juan Pablo II le dijo aquel apasionado Sejo en la Plaza de San Pedro: “…ánimo, ánimo, que eres muy joven, pero…no seas tan loco”.

Después de veinticinco años mi pregunta es, ¿en qué he cambiado? Sé que estoy apasionadamente enamorado del Maestro, y eso hace que siga siendo un apasionado. Sigo creyendo en la fuerza de la palabra y estoy convencido de que aquel primer amor es nuevo cada amanecer.

Pido que nunca pase el ardor primero. No quiero ser alguien que piense que ya todo está hecho. Quiero seguir escuchando en cada recodo del camino, aunque hayan pasado los años, como Jesús pronuncia mi nombre cada nuevo amanecer.

 
 

Mi primer año, mi primera vez en Roma

 

Yo creo que era demasiado joven. No quería dejar pasar el tiempo. Tenía que conocerlo todo, pero fundamentalmente empaparme de esa Ciudad Eterna, centro de la fe y piedra donde se sustenta la Iglesia.