Novena al Cristo

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MODO DE HACER LA NOVENA.

 

Para conseguir el fruto debido es muy conveniente la meditación en la Pasión de Nuestro señor Jesucristo, con cuyo objeto se distribuye ésta en nueve pasos, que son: El beso de Judas.- La prisión del Huerto.- La vestidura de loco.- Los azotes.-  La coronación de espinas.- El Ecce Homo.- La sentencia de muerte.- La Cruz a cuestas.- Y el encuentro con su Santísima Madre.

 

Cada uno de ellos, por el orden con que están establecidos, será la materia de meditación en el día correspondiente; pues a este fin están dispuestas las oraciones propias del día.

Después de hecha la señal de la Santa Cruz, se dirá el acto de contrición y la primera oración, que son comunes a todos los días. Acabada ésta, se rezará a coro por tres veces el Padrenuestro, Avemaría y Gloria Patri.

Luego se hace una breve pausa para que cada uno, en silencio, pida al Señor lo que más conviene a su salvación eterna, y se dice la oración de cada día concluyendo con esta súplica:

 

Reconocida, sentida y adorada sea de todo el mundo la amarga Pasión de   Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre y Señora. Amén.

 

Por último se rezarán los gozos con el versículo y oración.

 


 

PRIMER DÍA

Por la señal de la Santa Cruz, etc.

 

ACTO DE CONTRICIÓN

 

Amorosísimo JESÚS, Dios de infinita Bondad, Padre de las misericordias: A vues­tros pies, Señor, tenéis el alma más ingrata, el pecador más atrevido; pero reconocido también de su feísima ingratitud. Yo co­nozco, Señor, que la enorme fealdad de mis culpas ha sido la causa de los tormentos y afrentas, que padecisteis por la redención de mi alma. ¿Pero qué haré con este cono­cimiento si tibio y poseído del vicio el cora­zón no se derrite en lágrimas para desa­graviar vuestra Divina Persona y solicitar el perdón de sus culpas? Mas ésto sucede, Señor, al que os ofende, y como si esto no fuese el último de los males, con todo, ni teme el castigo, ni solicita el remedio. No obstante, del modo que puedo, confieso y publico los desórdenes de mi vida; y arrepentido recurro por el perdón a vuestra clemencia, pesándome de haberos ofendido; no por el castigo que merecía mi ingratitud, sino por haber ofendido a vuestra Bondad inmensa. Este, Señor, será el día en que empiezo a serviros y amaros, aborreciendo los vanos placeres de esta vida, para ase­gurar la eterna. Tantas fuentes de sangre, como mis culpas abrieron en ese Sacra­tísimo Cuerpo, son rayos de misericordia para la purificación de mi alma, y puertas francas por donde entre a purificarme de mis culpas.

 

Disponed, dulcísimo JESÚS, que no desprecie como hasta aquí vuestra Benig­nidad. Encendedme; pues me veis tibio en la virtud. Dirigidme; pues me veis ciego por las pasiones; enseñadme, pues llevo errada la senda de mi vida. Pequé, conozco mi culpa y me pesa de corazón; pero sea ostentación de vuestra misericordia el per­dón de mi alma y los auxilios que necesito para la enmienda de mi vida. Amén.

 

 


ORACIÓN

 

PARA TODOS LOS DÍAS

 

Dulcísimo JESÚS Nazareno, Divino Redentor de las almas. Yo, vilísima y humil­de criatura, la más merecedora de vuestra indignación por los feos desórdenes de mi vida, arrojada con dolor a vuestros pies, adoro Señor, el inefable Sacramento de vuestra Pasión Dolorosa, y en ella los sen­sibles y afrentosos pasos, que representa vuestra Real Persona desde que orásteis en el Huerto, hasta el doloroso encuentro con vuestra lastimada Madre. ¡Cuántos fueron los tormentos, las penas, las afrentas, las congojas! ¡Cuánta vuestra paciencia, vues­tra mansedumbre, vuestro amor! ¡Y cuánto el gozo con que todo lo padecísteis, por quebrantar las cadenas, con que el pecado me había hecho esclavo suyo! ¡Quien fuera, Señor, un Querubín para entender Pasión tan amarga, y un Serafín para amarla dig­namente! ¡Cuánto os ofendí, pues tanto os costó mi redención! ¡Qué enorme fue mi culpa, pues tanto importó su rescate! ¡Qué feliz fuera yo, dulce JESÚS si con la indig­nación que concibo contra el pecado, des­pedazado de dolor el corazón, se moviera a desagraviaros! Pero ya que la culpa es obstáculo al agradecimiento, suplico os pa­cientísimo JESÚS mío, por esos dolores, por esas afrentas y por esas congojas, no olvidéis esta pobre alma ya arrepentida de su culpa. Miradme, Señor, pero sea des­pués de poner los ojos en Vos mismo herido y afrentado por mi amor. Y pues tanta San­gre se vertió por mi rescate, haced que la perversa inclinación de mis pasiones no malogre este precio infinito. No me arrojéis, Señor, de vuestros pies hasta concederme esta gracia, para que pueda emplearme en serviros y alabaros eternamente. Amén.

 

Reconocida, sentida y adorada sea de todo el mundo la amarga Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísi­ma Madre. Amén.

 

 


ORACIÓN

PARA EL PRIMER DÍA

 

¡Oh Benignísimo JESÚS! ¡Oh Dios de infinita paciencia! Pasmados, Señor, tiene a los Cielos, a la Tierra, a los Elementos y a las criaturas todas, la mansedumbre con que recibísteis de la torpe boca del alevoso judas el beso con que os entregó a vuestros crueles enemigos. ¡Qué es esto! ¡Hasta aquí llegó, Señor, vuestra tolerancia! ¡Hasta aquí vuesto amor al hombre! ¿No había un rayo a mano para confundir a ese alevoso que os entrega a la muerte con demostra­ciones de amigo? ¿Una vil criatura a su criador? ¿Un discípulo querido a su Maes­tro? ¡Oh hombre vil! ¡Oh fiera! ¡Oh furia! ¿No temes infame besar a Dios tan pérfida­mente? ¿Pero, por qué me indigno contra este desdichado excediéndole yo en el de­lito? ¿Cuántas veces, Señor, os vendí más torpemente que él? ¿Cuántas os alabé con los labios, siendo el corazón todo del vicio? ¿Cuántas en la confesión traté con Vos en paz, quebrantando luego mis votos y mis propósitos? ¿Cuántas con labios torpes lle­gué a recibiros en el Sacramento sin haber abandonado los deleites y pasiones que me arrastran? Yo, yo soy, Señor, el alevoso discípulo que os ha vendido. Pero también vos sois un Dios bueno, un Dios manso, un Dios benigno; y ningún empleo tan pro­pio de vuestro amor como perdonar mi necedad. No más pecar, Señor, no más in­gratitud. Sustituya desde luego a la culpa la enmienda de mi vida; al vicio el arre­pentimiento, y a la distracción una continua meditación en vuestra Pasión Sacrosanta. Y concédeme JESÚS mío, si es del agrado de vuestra Majestad, el favor que os pido en esta Novena. Amén.

 

Aquí se dice tres veces:

Padrenuestro, Avemaría y Gloria Patri;

y luego:

Con fe viva y dolor de sus culpas, pida cada uno al dulcísimo JESÚS la merced que desea; y sea tal que ceda en gloria suya, y bien de su alma.

 

 


SEGUNDO DIA

 

Todo como el primero,

hasta concluir con la oración siguiente:

 

¡Oh Dios de infinita bondad y toleran­cia! ¡Vos perseguido como malhechor y blasfemo! ¡Vos maniatado y arrastrado por una vil canalla, que os llenó de baldones! ¡Oh estupendo sufrimiento del Omnipo­tente! ¡Oh culpa, a cuanto llegó tu malicia, pues ataste a Dios las manos! ¿De dónde, Señor, atadas vuestras divinas manos, de las que procede todo bien me vendrá el consuelo en los trabajos, el alivio en las enfermedades, el auxilio en las recaídas de mis culpas? ¡Cómo podré yo, dulcísimo JESÚS mío, romper por entre la gente ar­mada, que os conduce a la muerte y hume­decer con mis lágrimas esas crueles atadu­ras, para que se aflojen siquiera y tengáis alivio, ya que no puedo romperlas del todo! ¿Vos atado, y yo libre en las pasiones y ape­titos? ¿Vos en poder de fieras inhumanas, que os arrastran, y yo con la misma fiereza arruinando la hacienda y la honra ajena? ¡Oh perversidad! ¡Oh ingratitud del culpado para con el inocente! Alabo, Señor, vuestro amor y quisiera tener en el pecho las cria­turas todas, que más finamente os aman, para que agradecieran conmigo el exceso de amor en dejaros de aprisionar por mf. Conozco bien que mis pecados tejieron esos duros cordeles; pero si Vos me ayudáis yo desharé con penitencias lo que tejieron mis culpas. Concededme, maniatado JESÚS mío, que yo llegue a aborrecerlas digna­mente. Y si ha de conducir a este fin el favor que os pido en esta Novena (pues nunca más generoso, que cuando mania­tado) concededme este beneficio. Amén.

 

 


 

TERCER DÍA

 

Todo como el primero,

hasta concluir con la oración siguiente:

 

¡Oh Dulce JESÚS! Dios de infinita sabi­duria ¿en qué entendimiento pudo caber jam­ás que llegasen a tan subido punto los exce­sos de vuestro amor para que os dejaseis vestir por Herodes de una vestidura blanca que en aquel tiempo era la insignia de los locos? ¿También ésto, dulcísimo JESÚS, también ésto cabe en vuestro amor? No es­taba mejor en mí este infame tratamiento, que desatinadamente poseído de mis pasio­nes, nada pienso que no sea locura: nada apetezco que no sea vanidad: nada me gus­ta que no sean devaneos. Yo Señor, soy el loco. Yo el que perdida la luz de la razón, como fátuo, al fin amo más lo caduco que lo eterno: desprecio por un pequeño gusto el Cielo y sigo los deleites, como si fue­ran mi eterna bienaventuranza. ¿Pero de qué me sirve, Señor, esta pequeña luz que me ha quedado, si aun conociendo mi locura, persevero en ella? No así, Señor, no así. Conozco bien que si no vuelvo en mí antes que se os apure el sufrimiento, me pierdo en compañía de los insensatos, cuya cárcel es eterna. Dadme esfuerzos dulcísi­mo JESÚS mío, y sea tal la penitencia que desde hoy haga, que recobre la cordura a fuerza de pena. Y para que me aliente más la contrición concededme, Señor, lo que os pido en esta Novena.

 

 


CUARTO DÍA

 

Todo como el primero, hasta concluir

con la oración siguiente:

 

¡Oh amantísimo Cordero, dulce JESÚS de mi alma!, qué tempestad de azotes cayó sobre vuestras delicadas carnes, para tem­blar la rabia cruel de aquél mismo Pueblo, que veníais a redimir. Veo hermosura de los Cielos, que os desnudan afrentosamen­te a vista de todo el Pueblo. Veo que os amarran fuertemente a una columna como si voluntariamente no viniéseis a padecer. Veo, que empiezan a desgarrar vuestras Sacratísimas carnes con varas de espino y otros instrumentos crueles. Veo que se re­mudan fatigados los verdugos, que corre la sangre a arroyos, que se registran ya los huesos, que no hay al fin parte sana en vues­tro Cuerpo que pueda recibir los golpes. Y en esta ocasión si hubiera en mí conocimiento, si hubiera correspondencia, si hubiera amor, ahora era cuando debía perder la vida a fuerza de pena. ¡Pero ay de mí, que los desórdenes de mi vida fueron los instrumentos de vuestro dolor! Mis culpas puestas en las puntas de los látigos, rasga­ron inhumanamente vuestras venas. ¿Cómo podré yo, dulce JESÚS, enmendar este sa­crilegio atroz? ¿Cómo podré llenar de dul­ces lágrimas de compasión los surcos que en vuestras espaldas hicieron los azotes? ¿Có­mo podré recoger tanta Sangre Divina, ver­tida por mi causa? Pero todo lo puedo, Señor, si Vos me concedéis lo que os pido en esta Novena. Para eso os lo suplico; para satisfaceros, para enmendarme, para corre­gir mi vida, para llorar vuestra pasión y para alabaros eternamente. Amén.

 


QUINTO DÍA

 

Todo como el primero, hasta concluir

con la oración siguiente:

 

¡Oh Rey Supremo y Señor Soberano del Cielo y Tierra! No sé yo, vil criatura, ponderar bien vuestra coronación de espi­nas, y por eso no pierdo el juicio de dolor al veros en esta situación tan afligido y lle­no de oprobio. ¿Vos coronado como Rey falso y presuntuoso? Hasta aquí pudo llegar la insolencia del pecador disputándoos el poder, y tratándoos como a un hombre vil.

Pero yo aún veo que mal contenta la malicia de los judíos con que este oprobio hiriese lo más vivo de vuestro honor, hirió también lo más vivo de vuestro Cuerpo, ocasio­nándole uno de los tormentos más atroces; barrenando vuesta Cabeza con crueles es­pinas en forma de Corona. ¡Oh cabeza sa­crosanta! ¡Qué contraste formáis con la mía, en quien como en trono, reside la vanidad, la soberbia, la altivez! ¡Vos coronado de es­pinas, y yo de flores y pensamientos vanos! ¡Vos pensando en haceros fuentes de san­gre para lavar mi alma! ¡Y yo discurriendo en mancharla con ideas menos puras! No, no así, dulcísimo JESÚS mío. Tocad, Señor mi corazón con una de esas aceradas pun­tas, para que herido de vuestro amor, acabe desde hoy en mí la vanidad. Vos sabéis, Señor, cuanto puede el apetito en esta flaca criatura; pero superior en fuerzas es vues­tra Gracia. Concedédmela Señor, con la efi­cacia que necesita mi flaqueza, y con ella la merced que os pido en esta Novena, para que agradecido a vuestra Bondad ella sea el despertador de mi conocimiento. Amén.

 

 


SEXTO DÍA

 

Todo como el primero, hasta concluir

con la oración siguiente:

 

¡Oh Dios de Bondad inmensa y de tole­rancia infinita! Míroos, Señor, asomado a un balcón, cubierto de heridas, lleno de oprobios y congojas, y no se si me irrite contra aquel Pueblo ingrato, que os veía y os despreciaba, o contra mí. que le excedo en la ingratitud. Aquél os miraba como hom­bre; y aunque por vuestras maravillas de­bía confesaros Dios o carecía de este cono­cimiento, o le tenía muy confuso de vuestra Divinidad. Yo con luz superior os confieso Dios, Rey Soberano de Cielos y Tierra. ¿Y, sin morir, me atrevo a miraros, Señor? -¿Vos Rey de burla? ¿Vos vestido de una asquerosa púrpura por ignominia? ¿Vos con Corona fabricada, para ludibrio y dolor, más que para insignia de Majestad? ¿Una vil caña en la mano, al que formó el Cielo y la Tierra? ¡Oh corazón duro que ésto ves, y vives! ¿Sabes que aquél hombre es el Dios de poder inmenso; y no procuras desagra­viarle publicando su Majestad? Sí, dulcísi­mo JESÚS mío; sí, yo os confieso y os ado­ro. Yo pasmo de que en vuestra tolerancia cupiese tal ignominia. Y en pequeña satisfac­ción de este amor, vengan sobre mí despre­cios y baldones. Pero alentadme, Señor, con vuestra gracia para que os imite, y con­cededme el bien que os pido en esta Nove­na; que apreciaré sólo para reconoceros, serviros y amaros eternamente. Amén.

 

 

 


SÉPTIMO DÍA

Todo como el primero,

hasta concluir con la oración siguiente:

 

¡Oh Mansísimo Cordero, dulce JESÚS de mi alma! Llegó la hora fatal de firmarse contra Vos por mis culpas la sentencia de muerte, la oigo pregonar; y ni la pena me ahoga, ni el corazón arroja una lágrima. ¿Qué deplorable estado es éste en que me tiene la culpa? ¿Vos por sedicioso, por maestro de falsa doctrina, por usurpador de la divinidad sentenciado a muerte de Cruz? Apelo, Señor, de esta inicua sentencia al Tribunal Supremo de vuestro Padre. Si se pronunciase sobre mí, justa era la pena, pues míos son los delitos de que os acusan: ¿Pero Vos, inocentísimo Cordero, senten­ciado como injusto? Apelo, digo, pero tarde, porque ya vuestro amor al hombre tiene admitida la sentencia. Id, pues, Señor, id, y tenga vuestro amor la complacencia de morir por quien ama. Pero no me neguéis a mí la de morir a vuestros pies. Acabé yo al mundo, espiré a la vanidad, muera a la so­berbia, a la ambición, a todo lo temporal, que tan distraído me traen de lo eterno, para que fui criado. Yo nací para morir, y para morir tan de improviso, que ingnoro el ins­tante en que ha de ejecutarse esta senten­cia; y con todo vivo, como si fuera inmortal, y tan contento, como si no hubiera pecado. Corregid, dulce JESÚS mío, este extravío de mi entendimiento, y dispesándome el favor que os pido en esta Novena, haced que la sentecia de vuestra muerte sea para mí decreto de eterna vida. Amén.

 

 


OCTAVO DÍA

 

Todo como el primero, hasta concluir

con la oración siguiente:

 

¡Oh JESÚS dulcísimo! Holocausto puro, Víctima inocente: ¿qué Cruz es esa que opri­me vuestros Sagrados hombros? ¿Vos con­ducido a la muerte como reo; y yo, siendo el delincuente, pensando en darme una vida llena de delicias y conveniencias? ¿Vos car­gado con el duro Patíbulo en que habéis de exhalar el último aliento, y yo anhelando gustos y placeres? ¿Vos agonizando, y ca­yendo a cada paso con el peso, y falta de la Sangre y, yo rico, contento y descansado? ¿Vos arrastrado con vilipendios, y yo so­berbio e implacable con mis enemigos? ¡Oh Dios bueno! ¡Oh Dios manso! ¡Oh Dios apa­cible! ¡Pero, oh terquedad mía, que perse­verando voluntariamente en la culpa, no trato de aliviar a mi Señor, que va a morir por mí! ¡Pero cómo lo haré yo, dulce JESÚS de mi alma! Yo os diera el corazón, para que, puesto entre la Cruz y el hombro, re­cibiera gran parte del peso; pero creo que mi corazón excede en dureza a la Cruz Vuestro alivio (si yo soy capaz de darlo a un Dios oprimido) estuviera en que yo os imitara cargando con la Cruz de la peniten­cia, que necesitan mis culpas. Pero aún en esto tenéis Vos que poner la mayor parte, arrimando el hombro a mi arrepentimiento. Sin auxilios y auxilios que quebranten mi terquedad, no os podré seguir. Concedéd­melos, benignísimo Señor, con el favor que os pido en esta Novena, para que eterna­mente os bendiga y alabe. Amén.

 

 

 


NOVENO DÍA

 

Todo como el primero, hasta cuncluir

con la oración siguiente:

 

¡Oh encuentro el más lastimoso que jamás hubo ni habrá entre Hijo y Madre! ¡Oh dulcísimo JESÚS, qué fiero golpe os dió el amor, presentándoos a vuestra ma­dre hecha un mar de amarguras! ¡Qué dulce­mente os despediríais de ella, y le pediríais permiso para ir a morir por los hombres! ¡Cómo se los dejaríais encargados a su amor, para que distribuídos los cuidados, Vos como Padre muriéseis por ellos y MARÍA como Madre los conservarse puros! Pero, ¡oh afligidísima Señora, esta fue la hora en que aquella Espada, que os profeti­zó el anciano Simeón traspasó vuestro pe­cho Virginal! Mirad, Señora, a vuestro Hijo. Consideradle bien, y ved cuanto creció la malicia de mis culpas, que así llegaron a desfigurarle. ¿Cómo acertaré yo, Señora, a templar vuestra agonía siendo mis pecados la causa de ella? Sí, ellos prepararon este espectáculo lastimoso. Ellos quitaron la vida a vuestro Hijo, dejándoos a Vos entre­gada a tan acervo dolor. Y con todo este conocimiento, ni siento, ni lloro, ni dejo la ocasión del pecado. Perdido soy, dulce JESÚS de mi alma, afligidísima Madre mía, si vuestro amor no vence mi tenacidad, por el acervísimo dolor que tuvísteis al encon­traros, os suplico me miréis con ojos de piedad, y no permitáis me precipite en la perdición. Antes con el favor que os pido en  esta Novena, reconozca vuestro amor y asegure el veros y adoraros eternamente en la Gloria. Amén.

 

A Gloria de Dios y de su Santísima Madre.

 


 

Gozos en la Novena de Jesús

 

Sólo en Vos siempre confío

grabéis esto en mi memoria

fuente de misericordia

dulce Jesús Padre mío.

 

Con el beso de perfidia

que Judas os ofreció,

su traición no se ocultó

a vuestra sabiduría.

Vos recibís con cariño

su maldad; Dios de la Gloria.

 

Fuente de misericordia

dulce Jesús Padre mio.

 

Cual blasfemo y malhechor

¡oh Dios! fuiste perseguido,

arrastrado, escarnecido

sin piedad y sin pudor,

y todo lo habéis sufrido

por mi amor; ¡oh Dios de Gloria!

 

Fuente, etc.

 

De estupidez y locura

vuestro silencio graduó

Herodes y ordenó

que una blanca vestidura

en vez de ser de amor fino

fuese señal irrisoria.

 

Fuente, etc.

 

Con azotes cinco mil

vuestra belleza afeó

y vuestras carnes rasgó

aquella turba tan vil

¿quien pues tan cruel suplicio

grabar puede en su memoria?

 

Fuente, etc.

 

De espinas setenta y dos

una Diadema tejieron

y vuestras sienes rompieron

con inhumanidad feroz.

En esa corona fío

ser coronado de gloria.

 

Fuente, etc.

 

 

Ecce Homo, he aquí el hombre,

dijo Pilato a la turba

y está completa la burla,

el Cielo y Tierra se asombre

al ver vuestro poderio

y ensalce vuesta memoria.

 

Fuente, etc.

 

Vuestra doctrina y verdad

por sedición es tomada

y como tal es fallada

con una sentencia audaz

muera ha gritado el impío

despreciando vuestra gloria.

 

Fuente, etc.

 

¡Bajo el peso de una Cruz J

esús víctima inocente!

¡Y yo que soy delicuente

me aparto de vuestra luz!

¿Cómo me distraigo y río

en esta vida ilusoria?

 

Fuente, etc.

 

Del calvario en el camino

a vuestra Madre encontráis

y de hijo la mostráis

el acendrado cariño.

Su amor siempre santo y pío,

con Vos sube al Monte Moria.

 

Fuente, etc.

 

 

 

V. Jesús benigno, tened misericordia de Nosotros

R. Que por tu clemencia padeciste por Nosotros.

 

ORACIÓN

Mirad, Señor, a esta vuestra familia por la que Nuestro Señor Jesucristo se entregó a sus verdugos y sufrió los tormentos de la cruz; que contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

LO MISMO EN LATÍN

V. Jesus benigne miserere nobis.

R. Qui passus est clementer pro nobis.

 

 

OREMUS

Réspice, quaesumus, Dómine, super hanc familiam tuam, pro qua Dóminus, nos­ter Iesus Christus non dubitávit mánibus tradi nocentium, et crucis subire tormentum. Qui tecum vivit...

 


SANTO ROSARIO

 

Por la señal…

Señor mío Jesucristo…

 

En cada misterio, se reza:

-          un Padrenuestro

-          diez Avemarías

-          un Gloria

 

Al terminar el misterio:

“María, Madre de Gracia, Madre de Misericordia, defiéndenos del enemigo y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

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MISTERIOS

 

GOZOSOS

(Lunes y Sábados)

LUMINOSOS

(Jueves)

DOLOROSOS

(Martes y Viernes)

GLORIOSOS

(Miér. y Domingos)

 

1er Misterio

La encarnación del señor (Lc 1,26-38)

 

2º. Misterio

La visitación de nuestra Señora a Santa Isabel (Lc 1, 39-56)

 

3er. Misterio

El Nacimiento del Hijo de Dios en Belén. (Lc 1,1-7)

 

4º Misterio

La presentación del niño Jesús en el Templo.

(Lc 2, 22-38)

 

5º Misterio

El niño perdido y hallado en el Templo. (Lc 2, 41-50)

 

1er Misterio

El Bautismo del Señor. (Mt 3, 13-17)

 

2º. Misterio

La Autorrevelación en las bodas de Caná. (Jn 2, 1-12)

 

3er. Misterio

El Anuncio del Reino invitando a la conversión. (Mc 1,15)

 

4º Misterio

La Transfiguración del Señor (Mc 9, 2-13)

 

5º Misterio

La Institución de la Eucaristía. (Lc 22, 19-22)

 

1er Misterio

La oración del Señor en el Huerto. (Lc 22,39-46)

 

2º. Misterio

La Flagelación del Señor. (Mt 27,26)

 

3er. Misterio

La Coronación de Espinas. (Mt 27, 28-31)

 

4º Misterio

Jesús con la cruz a cuestas. (Lc 23,26-32).

 

5º Misterio

Crucifixión y Muerte del Señor. (Jn 19,18-30)

1er Misterio

La Resurrección del Señor. (Mt 28, 2-6)

 

2º. Misterio

La ascensión del Señor a los cielos. (Lc 24, 50-52)

 

3er. Misterio

La Venida del Espíritu Santo. (Hech 2,1-4)

 

4º Misterio

La Asunción de Nuestra Señora. (Cant 3,6;8,5)

 

5º Misterio

La Coronación de Nuestra Señora.   (Ap 11,19)

 

 


LETANÍA DE NUESTRA SEÑORA

Señor, ten piedad

Cristo, ten piedad

Señor, ten piedad

Cristo, óyenos

Cristo, escúchanos

--Dios, Padre Celestial

Dios Hijo, Redentor del mundo

Dios, Espíritu Santo

Trinidad Santa, un solo Dios

--Santa María

Santa Madre de Dios

Santa Virgen de las Vírgenes

Madre de Cristo

Madre de la Iglesia

Madre de la Divina Gracia

Madre Purísima

Madre Castísima

Madre Virginal

Madre sin mancha de pecado

Madre Inmaculada

Madre Amable

Madre Admirable

Madre del Buen Consejo

Madre del Creador

Madre del Salvador

Virgen Prudentísima

Virgen digna de veneración

Virgen digna de alabanza

Virgen Poderosa

Virgen Clemente

Virgen Fiel

Espejo de Justicia

Trono de Sabiduría

Causa de nuestra alegría

Vaso Espiritual

Vaso digno de honor

Vaso insigne de devoción

Rosa Mística

Torre de David

Torre de Marfil

Casa de Oro

Arca de la Alianza

Puesta del  Cielo

Estrella de la Mañana

Salud de los enfermos

Refugio de los pecadores

Consoladora de los afligidos

Auxilio de los cristianos

Reina de los Ángeles

Reina de los Patriarcas

Reina de los Profetas

Reina de los Apóstoles

Reina de los Mártires

Reina de los Confesores

Reina de las Vírgenes

Reina de todos los Santos

Reina sin pecado original

Reina asunta al Cielo

Reina del Santo Rosario

Reina de la Familia

Reina de la Paz

 

 

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo. Perdónanos, Señor.

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo. Escúchanos, Señor.

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo. Ten misericordia de nosotros.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

 

ORACIÓN: Te pedimos, Señor, que nosotros, tus siervos, gocemos siempre de salud de alma y cuerpo; y, por la intercesión gloriosa de Santa María, la Virgen, líbranos de las tristezas de este mundo y concédenos las alegrías del Cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 


MOTETES

 

1. Sois en clemencia tan lleno

Que no es fácil comprender,

SOBERANO NAZARENO,

VENIDNOS A SOCORRER (bis)

Muerte en afrentosa cruz

Sufristeis, Señor, gustoso.

Sacrificio tan costoso

Prestó al hombre eterna luz.

Lucifer, fiero avestruz,

Rabió tal portento al ver.

SOBERANO…

 

2. Sois en clemencia…

En cualquier calamidad

De peste, hambre y horror

Imploremos del Señor

Misericordia y piedad

Pues con tal cordialidad

Nos mostrará su querer,

SOBERANO…. 

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