Novena al Cristo

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ORACIÓN

 

PARA TODOS LOS DÍAS

 

Dulcísimo JESÚS Nazareno, Divino Redentor de las almas. Yo, vilísima y humil­de criatura, la más merecedora de vuestra indignación por los feos desórdenes de mi vida, arrojada con dolor a vuestros pies, adoro Señor, el inefable Sacramento de vuestra Pasión Dolorosa, y en ella los sen­sibles y afrentosos pasos, que representa vuestra Real Persona desde que orásteis en el Huerto, hasta el doloroso encuentro con vuestra lastimada Madre. ¡Cuántos fueron los tormentos, las penas, las afrentas, las congojas! ¡Cuánta vuestra paciencia, vues­tra mansedumbre, vuestro amor! ¡Y cuánto el gozo con que todo lo padecísteis, por quebrantar las cadenas, con que el pecado me había hecho esclavo suyo! ¡Quien fuera, Señor, un Querubín para entender Pasión tan amarga, y un Serafín para amarla dig­namente! ¡Cuánto os ofendí, pues tanto os costó mi redención! ¡Qué enorme fue mi culpa, pues tanto importó su rescate! ¡Qué feliz fuera yo, dulce JESÚS si con la indig­nación que concibo contra el pecado, des­pedazado de dolor el corazón, se moviera a desagraviaros! Pero ya que la culpa es obstáculo al agradecimiento, suplico os pa­cientísimo JESÚS mío, por esos dolores, por esas afrentas y por esas congojas, no olvidéis esta pobre alma ya arrepentida de su culpa. Miradme, Señor, pero sea des­pués de poner los ojos en Vos mismo herido y afrentado por mi amor. Y pues tanta San­gre se vertió por mi rescate, haced que la perversa inclinación de mis pasiones no malogre este precio infinito. No me arrojéis, Señor, de vuestros pies hasta concederme esta gracia, para que pueda emplearme en serviros y alabaros eternamente. Amén.

 

Reconocida, sentida y adorada sea de todo el mundo la amarga Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísi­ma Madre. Amén.

 

 

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