Novena al Cristo

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TERCER DÍA

 

Todo como el primero,

hasta concluir con la oración siguiente:

 

¡Oh Dulce JESÚS! Dios de infinita sabi­duria ¿en qué entendimiento pudo caber jam­ás que llegasen a tan subido punto los exce­sos de vuestro amor para que os dejaseis vestir por Herodes de una vestidura blanca que en aquel tiempo era la insignia de los locos? ¿También ésto, dulcísimo JESÚS, también ésto cabe en vuestro amor? No es­taba mejor en mí este infame tratamiento, que desatinadamente poseído de mis pasio­nes, nada pienso que no sea locura: nada apetezco que no sea vanidad: nada me gus­ta que no sean devaneos. Yo Señor, soy el loco. Yo el que perdida la luz de la razón, como fátuo, al fin amo más lo caduco que lo eterno: desprecio por un pequeño gusto el Cielo y sigo los deleites, como si fue­ran mi eterna bienaventuranza. ¿Pero de qué me sirve, Señor, esta pequeña luz que me ha quedado, si aun conociendo mi locura, persevero en ella? No así, Señor, no así. Conozco bien que si no vuelvo en mí antes que se os apure el sufrimiento, me pierdo en compañía de los insensatos, cuya cárcel es eterna. Dadme esfuerzos dulcísi­mo JESÚS mío, y sea tal la penitencia que desde hoy haga, que recobre la cordura a fuerza de pena. Y para que me aliente más la contrición concededme, Señor, lo que os pido en esta Novena.

 

 

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