Novena al Cristo

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CUARTO DÍA

 

Todo como el primero, hasta concluir

con la oración siguiente:

 

¡Oh amantísimo Cordero, dulce JESÚS de mi alma!, qué tempestad de azotes cayó sobre vuestras delicadas carnes, para tem­blar la rabia cruel de aquél mismo Pueblo, que veníais a redimir. Veo hermosura de los Cielos, que os desnudan afrentosamen­te a vista de todo el Pueblo. Veo que os amarran fuertemente a una columna como si voluntariamente no viniéseis a padecer. Veo, que empiezan a desgarrar vuestras Sacratísimas carnes con varas de espino y otros instrumentos crueles. Veo que se re­mudan fatigados los verdugos, que corre la sangre a arroyos, que se registran ya los huesos, que no hay al fin parte sana en vues­tro Cuerpo que pueda recibir los golpes. Y en esta ocasión si hubiera en mí conocimiento, si hubiera correspondencia, si hubiera amor, ahora era cuando debía perder la vida a fuerza de pena. ¡Pero ay de mí, que los desórdenes de mi vida fueron los instrumentos de vuestro dolor! Mis culpas puestas en las puntas de los látigos, rasga­ron inhumanamente vuestras venas. ¿Cómo podré yo, dulce JESÚS, enmendar este sa­crilegio atroz? ¿Cómo podré llenar de dul­ces lágrimas de compasión los surcos que en vuestras espaldas hicieron los azotes? ¿Có­mo podré recoger tanta Sangre Divina, ver­tida por mi causa? Pero todo lo puedo, Señor, si Vos me concedéis lo que os pido en esta Novena. Para eso os lo suplico; para satisfaceros, para enmendarme, para corre­gir mi vida, para llorar vuestra pasión y para alabaros eternamente. Amén.

 

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