Novena al Cristo

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SEXTO DÍA

 

Todo como el primero, hasta concluir

con la oración siguiente:

 

¡Oh Dios de Bondad inmensa y de tole­rancia infinita! Míroos, Señor, asomado a un balcón, cubierto de heridas, lleno de oprobios y congojas, y no se si me irrite contra aquel Pueblo ingrato, que os veía y os despreciaba, o contra mí. que le excedo en la ingratitud. Aquél os miraba como hom­bre; y aunque por vuestras maravillas de­bía confesaros Dios o carecía de este cono­cimiento, o le tenía muy confuso de vuestra Divinidad. Yo con luz superior os confieso Dios, Rey Soberano de Cielos y Tierra. ¿Y, sin morir, me atrevo a miraros, Señor? -¿Vos Rey de burla? ¿Vos vestido de una asquerosa púrpura por ignominia? ¿Vos con Corona fabricada, para ludibrio y dolor, más que para insignia de Majestad? ¿Una vil caña en la mano, al que formó el Cielo y la Tierra? ¡Oh corazón duro que ésto ves, y vives! ¿Sabes que aquél hombre es el Dios de poder inmenso; y no procuras desagra­viarle publicando su Majestad? Sí, dulcísi­mo JESÚS mío; sí, yo os confieso y os ado­ro. Yo pasmo de que en vuestra tolerancia cupiese tal ignominia. Y en pequeña satisfac­ción de este amor, vengan sobre mí despre­cios y baldones. Pero alentadme, Señor, con vuestra gracia para que os imite, y con­cededme el bien que os pido en esta Nove­na; que apreciaré sólo para reconoceros, serviros y amaros eternamente. Amén.

 

 

 

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