Novena al Cristo

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SÉPTIMO DÍA

Todo como el primero,

hasta concluir con la oración siguiente:

 

¡Oh Mansísimo Cordero, dulce JESÚS de mi alma! Llegó la hora fatal de firmarse contra Vos por mis culpas la sentencia de muerte, la oigo pregonar; y ni la pena me ahoga, ni el corazón arroja una lágrima. ¿Qué deplorable estado es éste en que me tiene la culpa? ¿Vos por sedicioso, por maestro de falsa doctrina, por usurpador de la divinidad sentenciado a muerte de Cruz? Apelo, Señor, de esta inicua sentencia al Tribunal Supremo de vuestro Padre. Si se pronunciase sobre mí, justa era la pena, pues míos son los delitos de que os acusan: ¿Pero Vos, inocentísimo Cordero, senten­ciado como injusto? Apelo, digo, pero tarde, porque ya vuestro amor al hombre tiene admitida la sentencia. Id, pues, Señor, id, y tenga vuestro amor la complacencia de morir por quien ama. Pero no me neguéis a mí la de morir a vuestros pies. Acabé yo al mundo, espiré a la vanidad, muera a la so­berbia, a la ambición, a todo lo temporal, que tan distraído me traen de lo eterno, para que fui criado. Yo nací para morir, y para morir tan de improviso, que ingnoro el ins­tante en que ha de ejecutarse esta senten­cia; y con todo vivo, como si fuera inmortal, y tan contento, como si no hubiera pecado. Corregid, dulce JESÚS mío, este extravío de mi entendimiento, y dispesándome el favor que os pido en esta Novena, haced que la sentecia de vuestra muerte sea para mí decreto de eterna vida. Amén.

 

 

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