Saluda del Parroco- Cristo 2019.

PACO

PACO

El sentido al Santísimo Cristo de la Cruz a Cuestas.

Ciento treinta y cuatro años, con el presente, este pueblo lleva tributando el honor y las gracias que le son debidas al Santísimo Cristo de la Cruz a Cuestas por liberarle de aquel azote de cólera en el que estaban sumergidos muchos pueblos aquel año de 1885.

¿Cómo puede haber pervivido casi siglo y medio en la memoria y el corazón de nuestro pueblo? Un rostro lo dice todo. El de nuestro Cristo. Y todos sabemos dónde acercarnos para encontrarnos con Él y retenerlo en nuestra retina o besarlo. Una imagen y un lugar de familia. Un Cristo y un templo de puertas abiertas, que alberga espiritualidad, arte y belleza.

Un edificio, que como cualquier casa, no aparece de la nada sino del tesón de una familia, de una comunidad que desea y posibilita el servicio de la fe, igual que lucha por mantener un colegio abierto, un médico, la presencia de fuerzas civiles y militares o unas calles y servicios decentes. Una familia que con tesón aporta mensualmente o anualmente unas domiciliaciones que están siendo modelo para muchos pueblos y siembra de muchos frutos.

Pues el tiempo se puede hacer largo, traigo a colación, para explicar el sentido de estas domiciliaciones, una historia conocida posiblemente por muchos de nosotros titulada “Los tres canteros”. Ella habla de la construcción de una catedral y cómo los obreros trabajaban afanosamente en las tareas de la costosa y lenta edificación. Un buen día pasó por allí un viandante que se detuvo para observar las obras. El día era en extremo caluroso y, bajo aquel sol de justicia, los obreros trabajaban sudorosos y extenuados. El viandante se dirigió a uno de los trabajadores que, maldiciente y, con el rostro contraído por el esfuerzo y la acritud, levantaba una piedra enorme.

– ¿Qué está haciendo, buen hombre?, preguntó el viajero.

– Ya lo ve, levantando esta enorme piedra. Con este sol abrasador el trabajo resulta insoportable. Esto no hay quien lo aguante. Un día tras otro. Un mes tras otro.

El viandante camina unos pasos y se dirige a otro trabajador que, después de golpear una enorme piedra con el pico, está levantando con gran esfuerzo para colocarla sobre otra.

– ¿Qué hace usted, buen hombre?, pregunta al esforzado trabajador.

Molesto por la mirada del visitante y malhumorado por el terrible esfuerzo que acaba de realizar, contesta mientras se seca el sudor: – ¿Es que no lo ve? Estoy levantando este interminable muro que, si Dios no lo remedia, acabará conmigo.

El viandante avanza un poco más y se encuentra a un tercer trabajador que está realizando una tarea similar a la de los dos anteriores. Está levantando una enorme piedra para colocarla en el lugar adecuado.

– ¿Qué está haciendo usted, buen hombre?, pregunta por tercera vez el viandante.

El trabajador, sonriente y orgulloso, contesta de manera entusiasta

– Estoy construyendo una catedral.

Los tres trabajadores estaban haciendo una tarea similar. Una tarea que requería esfuerzo y tesón. Pero la actitud con la que la realizaban era muy diferente. Uno maldecía la tarea. Otro, resignado y miope, realizaba rutinariamente su trabajo a la espera del jornal. El tercero disfrutaba de la tarea imprimiendo a su trabajo un sentido elevado y motivador.

Esta historia nos sirve para reflexionar sobre el sentido que damos a nuestras domiciliaciones agradeciendo lo que posibilitan.

Una domiciliación no puede ser simplemente la pesadez de dar una cantidad de dinero como el que mueve pesadas piedras. Corto sería también pensar que estamos afrontando una obra al igual que aquel que únicamente ve que se está levantando un muro o pagando una obra. Las aportaciones que hacemos son un tesón nuevo, una ilusión, un sentido muy alto: sostienen una comunidad. Ademas de mantener en pie un edificio donde mucha gente acude a rezar o recibir un bautizo, una boda, un entierro, celebrar una fiesta… Ademas de ser un bien cultural, histórico o artístico de alto costo su mantenimiento y del que disfrutamos todos los habitantes del pueblo y otros, está hecho de personas, hermanos, que son la parroquia.

Por eso os animo a unos a perseverar levantando la mirada y a otros a plantearos vuestro papel en este templo que tiene sus puertas y gentes disponible para vosotros. Es sencillo pensar que ya llegará el dinero de otro lado, pero somos nosotros quienes lo estamos posibilitando, somos nosotros los que hacemos posible unas fiestas en honor del Stmo. Cristo, que responden a nuestra devoción y Voto digno; somos nosotros el eslabón de la fe dejando así testimonio de pública gratitud y reconocimiento que son debidos a la generación presente y venideras. Gracias por compartir vuestro tiempo en servicios o voluntariados, gracias por compartir vuestras habilidades, gracias por compartir vuestros bienes,

¡Felices Fiestas parroquia de Santa María Magdalena!

Francisco, sacerdote.

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